Franco Hessling Herrera
Los cierres y comienzos de año son portales de reflexión, sopeso y proyección. Vale la pena hacerlo a niveles personales y familiares, pero también como ciudadanos.
Las últimas semanas del año a menudo nos enfrentan con reflexiones obligadas, aunque no por forzadas menos profundas. Balances, listas de hechos consumados, personas que partieron, objetivos cumplidos. Mucho cansancio acumulado. Cavilaciones diversas que van desde la introspección hasta los aspectos familiares, vecinales, locales y sociales, incluyendo los hitos que marcaron un año. Nadie se puede olvidar del 3% de coimas que nos mostró que los Milei no están contra la casta sino que son una nueva casta, la detención de CFK que nos puso al corriente de que no siempre la corrupción queda impune, y así se podría seguir.
Los hijos que crecen, los ancianos que se van poniendo cada vez más viejos, el ciclo de retorno a la dependencia. Nacer incompleto y dependiente, morir a las puertas de la necesidad de atención y cuidado. Las canas cuando asoman, los pliegues y las arrugas que se presentan primero como sutiles señales, luego como evidentes marcas. La experiencia, las vivencias, el irrefrenable paso del tiempo y la inercia de la vida cotidiana. El pensamiento sobre lo que se resolvió, la preocupación sobre lo que quedó por solucionarse. Las peleas que se evitaron y las que se tornaron ineludibles. Las frases que nos marcaron, las anécdotas que preferimos callar.
Las mentiras bien guardadas, los engaños descubiertos, las verdades justas y las franquezas intempestivas, a veces impulsadas por la beodez. Los abrazos a tiempo y las infinitas veces que se llegó tarde. Las lluvias deseadas que amenazan pero no arrecian y los aguaceros inoportunos que generaron destrozos. La ropa que se fue y la que apareció, las remeras que estuvieron siempre ahí pero que sólo fueron redescubiertas cuando se emprendió la limpieza profunda. Los nuevos amigos, los compañeros de trabajo, los casamientos cada vez más escasos de fiesta y más atiborrados de rituales paganos y espiritualidad de dos pesos. Las comidas descubiertas y los clásicos que no pueden faltar.
El catálogo de reflexiones es tan amplio y personal que uno podría seguir describiendo hasta el cansancio, llenando páginas enteras, todo cuanto uno puede meditar cuando se cierra un año. Si bien es sólo un detalle de calendario, la posición a la que nos dispone tiene que ver con concluir, terminar. Y como cada cierre, empuja al balance, al resumen, al recuerdo, al sopeso. Están quienes emprenden eso con metodismo y hasta toman notas, y están quienes lo eluden hasta que la copa de la fiesta de fin de año más la pregunta de la suegra metiche los devuelve a la obligación de pensarlo.
El gozne es tan veloz que de un momento a otro la reflexividad en tono de balance se convierte en expectativas, en el nuevo comienzo. Las listas son ahora del porvenir, de aquello que se propone hacer, conseguir o gestionar en el ciclo que empieza. Otra vez, están los que experimentan las expectativas evitando darle muchas vueltas en la cabeza y están quienes anotan con riguroso orden todo lo que quieren hacer. Pero también están los terceros, que antes de hacer sus propias listas y entusiasmarse con sus expectativas, calculan qué tan condicionados estarán por lo que los rodea. Son quienes se preguntan, sin eufemismos ni dilaciones, qué cabe esperar del año.
Como argentinos, el panorama es bastante lúgubre. Sin exageraciones literarias, habrá que procurar no volverse un protectorado yanqui en tren de aceitar la evocada obsecuencia de Milei. Si no se vuelve a la esclavitud con la reforma laboral a la que infamemente le llaman “modernización” podemos darnos por satisfechos. Igual suerte tendremos si los delirios megalómanos del presidente no llegan hasta cambiarle el nombre al país y sustituirlo por ideas como “Conan Country” o “Milei Kingdom”. Claro, será un país con idioma oficial inglés, que reciba colonos anglosajones. Si no desaparecemos será de milagro.

Mario Casalla
Franco Hessling Herrera
Antonio Marocco