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Desde un kibutz en el norte de Israel, a pocos kilómetros del Líbano, el salteño Pablo Chalcoff describe en exclusiva a Punto Uno un escenario atravesado por la incertidumbre y la dinámica constante del conflicto.

“La situación va cambiando a cada momento”, señaló desde Hanita y explicó que en los últimos días se registraron ataques que atraviesan el cielo rumbo a ciudades más grandes. “Cuando uno escucha el sonido, ya puede imaginar la trayectoria. Muchos pasan por esta zona porque se dirigen hacia Haifa”, comentó

Él reside temporalmente en un kibutz, una comunidad agrícola colectiva, que, según explica, no representa un objetivo estratégico específico, aunque sí queda en el radio de paso de proyectiles y en un área donde se escuchan movimientos militares con frecuencia. “A la noche se oyen ametralladoras pesadas, drones y aviones que despegan y regresan. Todo lo que ocurre en esta zona es visible, más aún cuando el aire está despejado”.

No es la primera vez que el salteño atraviesa un contexto similar en Israel. En 1991, durante la Guerra del Golfo, también se encontraba en el país. “En ese momento se hablaba de posibles ataques químicos y nos entregaban máscaras de gas. Cambian los actores, pero la historia en esta región tiende a repetirse”, reflexionó.

“Hay componentes ideológicos y religiosos muy profundos que desde nuestra realidad cotidiana en Argentina resultan difíciles de comprender”. En su análisis menciona la incidencia de actores regionales como Hezbolá en el sur del Líbano y Hamás en Gaza, así como la participación de Irán en el escenario geopolítico. “Irán ha tenido un rol central en la estrategia regional de los últimos años”, afirma.

Chalcoff también recuerda los antecedentes que impactaron en la Argentina, como el atentado contra la Embajada de Israel en 1992 y el ataque a la AMIA en 1994, hechos que, según distintas investigaciones judiciales, tuvieron conexiones internacionales. “Para los argentinos, estos temas no son ajenos”, señala y más allá de la tensión, el salteño destaca ciertos aspectos de la organización social en Israel frente a situaciones de crisis.

“Es un país que está preparado. La población sabe cómo actuar ante las alarmas y respeta las indicaciones oficiales” y describe una rutina sin escenas de desabastecimiento ni compras compulsivas. “La gente compra lo necesario para el día. No hay acumulación excesiva. Eso permite que todos puedan acceder a lo básico”, relata. Incluso menciona un episodio cotidiano: “En el negocio del kibutz, otra persona y yo queríamos el mismo producto. Lo dividimos en dos y cada uno se llevó la mitad”.

Según su mirada, esa conducta colectiva contribuye a sostener cierta estabilidad emocional en un contexto complejo. “Los chicos siguen con su vida, con sus juegos y sus conversaciones. Se adaptan. Es parte de la realidad que les toca vivir”.

Sobre el papel de la Organización de las Naciones Unidas en los conflictos globales. “La idea de una institución capaz de mediar y evitar guerras es valiosa, pero muchas veces los resultados no alcanzan las expectativas” y remarca que Israel cuenta con un sistema político democrático con representación de distintas comunidades. “Es un país con 10 millones de habitantes, de los cuales alrededor de dos millones son musulmanes que votan y eligen representantes”, tal vez esta sea la diferencia central con los países del mundo árabe.