Franco Hessling Herrera
Aunque las imágenes de costas atiborradas de residuos de polietileno son elocuentes, este año volvieron a fracasar los intentos de aprobar un instrumento internacional que plantee, como mínimo, reducir la producción de plásticos y estándares internacionales para regular los químicos nocivos.
Desde hace varios años que se intenta que los gobiernos nacionales de distintos países suscriban un acuerdo en contra de la contaminación causada por el uso de plásticos y sus derivados, estrechamente vinculados con las industrias agroexportadoras y de hidrocarburos -tal cual certifican varios informes de expertos- y, por supuesto, con la emisión de Gases de Efecto Invernadero (GEI).
Estos últimos, como se sabe, son una de las principales causas de los eventos climáticos extremos a raíz de las alteraciones medioambientales que causa el calentamiento global. A lo que se ha llamado con justeza “cambio climático”.
Las últimas negociaciones al respecto conducían a cristalizar esas intenciones en un tratado, que a la postre cobrase fuerza de leyes en los respectivos ordenamientos jurídicos de los países una vez que los congresos de cada uno de éstos ratificasen la firma de sus cancilleres. Sólo de esa forma el tratado tendría la fuerza que se espera. Sin embargo, hay antecedentes de institutos jurídicos por el estilo que fueron ratificados por una gran cantidad de países, menos por los más decisivos, y al fin de cuentas terminaron siendo más una declaración de buenas intenciones que una modificación real en tales o cuales acciones. El caso del Protocolo de Kioto es emblemático en ese sentido.
En agosto de este año estuvieron reunidos en Ginebra representantes de 185 países para debatir a propósito del eventual tratado. No era la primera vez que se lo buscaba, pero ante la cada vez mayor evidencia al respecto de los efectos contaminantes y los cada vez más habituales eventos climáticos extremos, se esperaba que este año las conversaciones diplomáticas finalmente arribaran a la tierra prometida. Ello, sin embargo, fracasó una vez más y no hubo acuerdo para esgrimir un flamante tratado contra la contaminación producida por los plásticos.
El colapso definitivo de las conversaciones fue el 15 de agosto último, a partir de allí quedaron clausuradas las vinculaciones posibles al respecto del tema, al menos hasta que haya un nuevo intento de reunir a los diplomáticos de las naciones a debatir nuevamente sobre el asunto. De acuerdo con periodistas especializados en la cuestión medioambiental, como Stuti Mishra y Julia Musto, quienes elaboraron despachos para el boletín Climate News de The Independent, los principales reparos vinieron de aquellos países que cultivan polos agroindustriales petroquímicos, estrechamente asociados con los polietilenos, los poliuretanos y los polímeros sintéticos en general.
Debido a esa actitud, las conversaciones quedaron estancadas en puntos muy básicos para combatir la contaminación causada por los plásticos. Ni siquiera se pudo establecer acuerdos en cuanto a disminuir la producción de los mismos o estándares internacionales para regular los productos químicos nocivos. El punto muerto, como se ve, fue más precoz de lo que hubiesen esperado los entusiastas antes de la cumbre en Ginebra, no se pudieron establecer ni siquiera elementos de anuencia en aspectos que podrían considerarse vitales para dotar de carga conceptual y acciones concretas al eventual tratado.
El resultado infructuoso no alcanzó ningún paso adelante con respecto al punto en que habían quedado los debates diplomáticos en la cumbre por el mismo asunto del año anterior. En diciembre de 2024, el encuentro se había celebrado en la ciudad surcoreana de Busan y había arrojado el mismo resultado decepcionante. Los países con mayores índices de producción e intereses especiales en la petroquímica no ceden ni siquiera los más mínimos acuerdos generales y por ello no se puede establecer un tratado, por más declamativo que éste fuera. En aquel entonces, hubo un borrador muy suave que los países más afectados por el cambio climático rechazaron, mientras que en la reciente cumbre ni siquiera se llegó a una propuesta moderada. La consigna de entonces fue: “Un tratado de plásticos débil le falla al mundo. Coraje, no concesiones”.
“Sin cooperación global y acción estatal, esto significa para nuestras islas que millones de toneladas de basura plástica continuarán arrojándose en nuestros océanos, afectando nuestro ecosistema, seguridad alimentaria, vida cotidiana y cultura”, afirmó el representante de las islas polinesias tras el nuevo fracaso y la evidente elusión de países poderosos de hacerse cargo del problema de la contaminación generada por la producción de plásticos. Hasta nuevo aviso, los problemas más obvios para el mundo son desconocidos en las instancias diplomáticas porque, como siempre, las ganancias importan y mientras los peores males sólo afecten a los pobres -países y personas-, el tenor de los asuntos no es tan grave. La delegación argentina en Ginebra... no hubo delegación argentina, el libertarianismo nos tiene fuera del mundo.

Mario Casalla
Franco Hessling Herrera
Antonio Marocco