Punto Uno
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05 10 feli

Hay una buena noticia para el valle, alguien después de muchos años, logro desentrañar nuevamente su alma, que es pura música. Hay una especie de aire de revelación. Es indudable que la invocación de la mujer ancestral de estos lares se conecta con la pacha (si no es que es lo mismo), y casi en trance, balbucea los silencios que se revelan solo a los iniciados.

Por Martin Plaza

Por supuesto, es obvio que Feli Colina tenía una voz, pero pareciera que ahora encontró "Su" voz. En una ética borgeana, esa voz llegó desde un laberinto múltiple de pasos que los días tejieron desde de su niñez. Vaya a saber cuántas savias hicieron la alquimia.

En el disco, porque como en los viejo tiempos, hay un disco conceptual, están los cuatro elementos (el fuego, el agua, la tierra y el aire). Hay que salirse del absurdo formato actual de la música y escuchar doce canciones conectadas. Participar desde un inicio de la invocación a la musa, para que luego del encantamiento de transitar el espacio y tiempo que crea el propio disco a través de la música, en un estado de gracia, poder irnos a dormir, total, mañana se sigue con la vida.

Hablamos de “El valle encantado”, que fue para mí la misma sensación del lugar mágico que da un respiro en el agobio diario, después del vértigo de trepar nuestra propia Cuesta del Obispo. Ese encantamiento espacial, la artista lo convierte en canciones.

Hay una concepción de agua, las canciones van fluyendo, incluso hay puentes entre canciones que son agua cantora, conexiones casi de meditación tibetana.
Ofrece Feli su corazón guerrilla: en esas venas hay alma inquieta, repiqueteos de la tierra. Hay fuego. No es percusión lo mucho que suena, son los sonidos del suelo, del monte, de la sangre.

Pero no hay de qué preocuparse, la cantora no se apodera de nada, porque aliviándose de equipajes, declara que “las cosas son un anclaje y nada me pertenece”.

Es en Aguatera cuando se entrega toda. Aguatera nos da de beber, y en una vocación de flor nos reparte su agua. De a “gotitas aguatera” repite hasta que se nos grabe, y así nos salvajiza el corazón. Nos retorna al baile tribal, nos empapa todo, y andamos todo el día tarareando esa música, que en realidad nos anoticiamos que hace siglos nos acompaña.

Son esas canciones que están hechas para repetirlas. Los vientos nos llevan a lo más alto de la puna, y nos devuelven hechos nubes.

Piensa Feli que esta trunca su chacarera, pero en realidad la deja abierta para que la completemos nosotros. Porque es lo que hace en todo el disco, nos hace parte del viaje, de la bendición de la música. Se siente cómoda en la tribu, porque de ahí salió, aunque seguro cambie y se metamorfosee, sabiendo que otros caminos la seducirán en el futuro. Es una cronner, una cantora, va recitando, hablando, bagualeando, callando.

Hay algo de Sibila en ella, va congeniando, cuestionando y dialogando con profetas. Profesa esa religión que es puro espíritu. La misma que Baudeliare reconoció y recogió por los callejones, porque sabe que cómo diría el Teuco “el diablo es un pobre hombre”, y anda caído por los rincones. Parece haberlos recorrido, y haberse elevado desde ahí, por eso les exige el pago ritual de pan y ajo. Por eso le canta con empatía.

En esa chacarera, da el trato justo al mal trato a las mujeres. Denuncia ese mal trato en que los hombres aun incurrimos con las mujeres. El trato de muñeca inflable. Y las mujeres en las que se desdobla su voz, y que siempre se recuperan de todo, piden la palabra en medio de la canción, y la tornan épica.

En Diabla, un piano hechizado nos envuelve en un ritmo que le da aires latinoamericanos y africanos a la danza. Y todo es sensualidad, baile y misterio .

En ese alto clima, suelta entonces Feli una especie de baguala. Va montando en su caballo. Avanza rompiendo el piso. El caballo conoce como volver, pero ella se vuelve una con el animal, una especie de centauro. Con un puñal que se clava ondo-ondo, su voz se quiebra porque ella se quiebra, hasta pisar su miel descalza. Para representar un orden sagrado, elige el silencio de voces, son sordos ruidos que se agigantan con un solo de piano, con acordes espirituales. Todos necesitábamos esa pausa , dejar que hable lo otro eterno e inmutable. Entonces surge una tristeza inconmensurable, hay una presencia que se volvió olvido. Hay una ausencia. Oscuridad. Tanto duele, que su voz se quiebra al final de la canción.

Para salir de esta melancolía, mucha percusión y hasta un suerte de jazz. Tres canciones que se hacen urbanas, hay Miles Davis en Ancora, pero hay una aire lugareño en las tres, quizás sea porque nunca se pierde la tonada, por más que a las raíces les crezcan alas, y la música no sea cuestión de nacionalismos.

La voz de Feli sube, baja, se quiebra, se entrega, se revuelca, a veces solo respira, y así nos protege y chala.

Con Madre, declara dos madres. Que quizás sean una sola: la biológica, y la Pacha. Allí están las alas de las cuales nace su canto. La Diosa eterna. “De tu tacto geografía del futuro fui, ...amanecida de tu savia compartida, ...en el momento del orgasmo me reconocí, semilla y barro de tu beso florecía... Madrugaba la luna llena”, son puntos altos de su poesía.

La madre se universaliza en esta canción. Y un tarareo final, que uno no se acuerda de dónde lo escuchó, pero que es terriblemente familiar: Lara - Lara - Lara- Lara- la- lara - la. Seguro es canción popular en nuestro inconsciente. Grito primal.

"Osana en la alturas", se conecta con "Madre" sin interrupción, con naturalidad. Las voces celebran, no necesitan palabras. Las canciones llevaron a una situación espiritual que cualquier significado está de más. Solo significante, es todo celebración. Se conectaron la madre tierra y las alturas. Esferas musicales.

Llegamos así al final, al incio del principio. A “La gracia”, al estado de gracia. Carnavalito que perfuma todo. Todo es metamorfosis, todo es carnaval, porque todo florece. Baila la diosa cautiva, salvaje y viva.

Allí, ella es la niña que no duerme, la madre que acuna, la cronista que cuenta la historia: es la gracia. Las penas quedaron atrás. Como las mujeres y hombres de la puna, se queda enloquecida de eternidad.

Feli solo reconoce que es “del desierto un cristal, cuando brilla, brilla la arena, cuando oscurece todo renueva”. El viejo mandato salteño, de ser solo una parte del paisaje.

Termina el disco, y se los ve al Cuchi y al Barbudo que se alejan bailando y muertos de risa. Se detienen, y se hacen un guiño cómplice con Feli.