
Las psicólogas Agustina Alaniz y María Paz Laiseca analizaron en Punto Uno el impacto de los estímulos inmediatos en el cerebro infantil. El riesgo del "chupete electrónico", la pérdida de la capacidad de aburrirse y la necesidad de recuperar lo analógico frente a una tecnología portátil y omnipresente.
La digitalización de las infancias no es un fenómeno nuevo, pero su naturaleza cambió radicalmente con la llegada del celular y la portabilidad de internet. A diferencia de la computadora fija de décadas pasadas, los dispositivos actuales ofrecen estímulos rápidos, intensos e inmediatos a través de algoritmos personalizados que son prácticamente imposibles de controlar por los adultos. Esta sobreexposición a videos breves y visualmente intensos daña funciones cognitivas esenciales como la atención, la concentración y la tolerancia a la frustración.
Un fenómeno alarmante que observan las especialistas es la cultura de la velocidad acelerada y las pantallas divididas, donde los niños consumen múltiples flujos de información en simultáneo. Para un cerebro en desarrollo, esta hiperestimulación hace que las actividades que requieren lentitud —como escuchar una clase, leer un libro o jugar un juego de mesa— resulten insoportables. En este contexto, el celular suele convertirse en un "chupete electrónico" que se utiliza para abstraer al niño, reemplazando procesos evolutivos vitales como el juego corporal y simbólico.
Frente a esta realidad, las psicólogas enfatizaron en la importancia de recuperar el aburrimiento como una función sana y constitutiva. Un niño que se aburre tiene el espacio necesario para crear, imaginar e inventar; sin embargo, la pantalla anula ese impulso al ofrecer una satisfacción receptiva inmediata. Además, recalcan que lo analógico sigue siendo indispensable: escribir a mano y leer en papel activa vías neuronales y funciones cerebrales que el desplazamiento digital simplemente impide o ignora.
El espejo del adulto
El problema de las pantallas no es exclusivo de los menores, ya que los adultos suelen enseñar por imitación, naturalizando el uso del dispositivo incluso durante las comidas familiares. En la consulta clínica, las especialistas notan una frustración constante en jóvenes adultos que se miden por niveles de productividad y éxito económico dictados por las redes sociales. Esta comparativa permanente con la vida de los influencers genera un sentimiento de fracaso al no alcanzar mandatos que hoy están más vinculados al estatus económico que a valores humanos o morales.
Esta exigencia se ve agravada por una sociedad que impone el "mandato de ser feliz" y de "trabajar de lo que amás", lo que termina convirtiendo deseos genuinos en presiones agotadoras. El foco exclusivo en el bienestar económico y la productividad constante deja a los adultos sin tiempo para el pensamiento introspectivo o el disfrute de los afectos, derivando en cuadros de ansiedad colectiva. En última instancia, el desafío para todas las edades es recuperar la capacidad de "ser" frente al mandato de "estar haciendo", recordando que la vida también se compone de momentos tranquilos y no necesariamente trascendentales para mostrar en una red social.
