Punto Uno
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Por Pablo Borla
Veremos como hacemos para no tropezar dos veces con el mismo virus. Y sus variantes. Se vino el segundo tiempo de la pandemia. Ya el norte, de la mano de su borealidad, nos anticipó algo del panorama, con la insalvable diferencia de ser ricos y nosotros pobres, como la mayoría de este hemisferio.

La necesidad tiene cara de hereje, afirma el antiguo dicho.
En tiempos de pandemia global, la solidaridad universal, la fraternidad de los pueblos tiene sus limitaciones y se cumple solo para limpiar -diría mi abuela- allí en donde mira la suegra.
Usted me dirá que es lógico en este mundo capitalista: los que tienen el dinero tienen los beneficios.
Yo le advertiré que esa lógica está fuera de moda y que, precisamente en la globalidad, el estornudo en China provoca resfríos en Estados Unidos. Y la pobreza que alienta la enfermedad en África, impacta también en Europa.
Nadie se salva solo. A ver si se entiende. Y una vez que los líderes lo entiendan, a ver si a su vez hacen que sus votantes lo entiendan.
Claro, es lógico apelar a la solidaridad si es uno el que la necesita.
Por eso prefiero apelar a la lógica, al más puro raciocinio.
Las vacunas de una epidemia global, no sólo en un mundo ético sino también en uno pragmático, no deberían ser propiedad exclusiva de los laboratorios.
Y no se trata de ejercer alguna especie de comunismo de ocasión ni de socialización eventual.
Quítele el lado ideológico a la sanidad y entienda que nadie se salva solo en una aldea global.
Ahora bien, por estas coordenadas, el invierno se acerca, dirían los de Juego de Tronos. Y con él, las ventanas que se cierran, la necesaria circulación de aire que no se verifica, los contactos que se estrechan.
Y la economía que no resiste más clausuras.
¿Habremos aprendido algo de la experiencia de 2020? ¿El hartazgo y el cansancio de no poder abrazarnos, de acalorarnos con los barbijos, de cerrar nuestros restaurantes cuando necesitamos que los clientes consuman, impondrán su irracionalidad?
No por irracional (en su sentido de atada a los sentimientos y sensaciones), esa necesidad deja de tener validez y vigencia.
Somos no sólo lo que pensamos sino también lo que sentimos. Es nuestra dimensión humana.
Logramos ganar algo de tiempo, eso sí.
Estamos mejor preparados en nuestros sistemas sanitarios, se va incrementando el porcentual de población vacunada y probablemente eso implique una menor saturación del sistema y muchos menos muertos.
No sé si aún sabemos como paliar las consecuencias de los daños colaterales: une educación que ya no era de lo mejor en algunos aspectos y que expuso nuestras limitaciones estructurales a la hora de llegar a todos los hogares.
Nuestros comercios y empresas, que ya venían golpeados de la mano de un Gobierno que aumentó la deuda y la pobreza y dejó en las supuestas manos mágicas del mercado nuestro destino.
Por lo menos deberíamos haber aprendido que hay caminos que ya no es necesario recorrer, que hay distancias que es necesario respetar, que hay profilaxis que aún debemos mantener.
“Hay que pasar el invierno” es una lamentable frase de un aún más lamentable economista liberal, que no trae buenos recuerdos a los argentinos.
Pero es lo que debemos lograr.
Imposible si no lo hacemos juntos; si la especulación electoral se impone; si somos ardientes defensores de la vida propia y olímpicos ignorantes de la vida ajena.