10 05 hesslingFranco Hessling Herrera

Con los resultados de la primera vuelta en el país carioca el oficialismo argentino festejó y el progresismo dio estertores. Sin embargo, ni para unos ni para otros sería conveniente seguir intentando anudarse enteramente a lo que ocurra con la política del gigante sudamericano.

Una cronista en una calle aleatoria de Brasil se paseaba con su micrófono en mano e improvisaba una encuesta, sin muestreo probabilístico ni representativo, sin ajustes ni márgenes de error calculados, al boleo.

Quizás, y a la luz de lo que viene ocurriendo con esos sondeos de opinión y sus proyecciones numéricas en las elecciones de los últimos años, esta clase de consultas espontáneas sean las que más información aporten, aunque su valor estadístico sea insignificante. “A Bolsonaro porque necesitamos una renovación y respeto por las instituciones”, desliza una mujer de entre 40 y 50 años, de raza negra, con cabello ensortijado y una talla imponente.

León Festinger popularizó un concepto desde la psicología que desde hace tiempo viene siendo útil para explicar el grado de desplazamiento entre lo que ocurre y muestras los hechos, evidencias y datos, con lo que las personas perciben. La “disonancia cognitiva”, que permitía caracterizar situaciones en la subjetivación para planos de análisis a escalas individuales o grupales se ha convertido en una mecánica tan proliferada que es transversal para situaciones sociales de escala amplia, como los posicionamientos políticos o las reflexiones económicas. Sin subestimar los dichos de aquella mujer y sus propios argumentos para sostener su decisión, más parece que le impone argumentos a su decisión, pese a que tales fundamentos nada tienen que ver con la realidad de un votante consciente de Flavio Bolsonaro.

No hay que ir muy lejos para demostrar esa disonancia cognitiva en la electora brasilera. Y no hace falta caer en sus propios rasgos subjetivos y fenotípicos que la colocarían, con un marxismo tan acartonado como apresurado, como desclasada y desracializada. Por empezar, nada de renovación hay en un Bolsonaro, el padre del actual candidato ya gobernó el país. En segundo lugar, el respeto a las instituciones resulta hilarante al combinarlo con el bolsonarismo. El ex presidente y fundador del PL brasilero se encuentra preso con condena firme por intento de golpe de estado tras perder las elecciones en 2022 contra Lula Da Silva. Eduardo, el otro de los hijos de Jair afamado, se encuentra alojado en Estados Unidos, prófugo de la justicia brasileña, envuelto en el crimen contra la dirigente Marielle Franco.

La opción principal del bolsonarismo para esta elección era el ya presidente, con vasta experiencia parlamentaria y recorrido en la política, Jair. Impedido por su condición de convicto en razón de insurgencia al desconocer la voluntad popular de las urnas en 2022. La segunda opción era su hijo Eduardo, también con recorrido político y perfil público activo, participativo e inquieto en los escaparates mediáticos, quien se encuentra prófugo de la justicia, signado como autor intelectual de un asesinato contra una dirigente opositora en 2018. La tercera opción fue Flavio y fue la vencida, aunque estuvo cerca de derrumbarse al conocerse sus lazos espurios con el banquero Daniel Vorcaro, quien derivó fondos para costear, supuestamente, una película sobre la vida de su padre, Jair.

Si bien los resultados del domingo pasado no le alcanzaron a Flavio para imponerse en el primer turno electoral, por lo que habrá segunda vuelta el próximo 25 de octubre, la tendencia parece prácticamente irreversible y todo indica que será el próximo presidente de Brasil. Nadie da por muerto al PT y a Lula, pero una victoria en el balotaje sería prácticamente una epopeya. Entonces, más allá de la disonancia cognitiva tan cara a las decisiones democráticas contemporáneas y el historial decadente y pasmoso de los Bolsonaro, hay que empezar a prefigurar qué repercusiones tiene esta tendencia para la Argentina. Pero no sólo el resultado electoral más probable y el eventual retorno al poder de la derecha desembozada, sino el hecho, transversal a la dirigencia política argentina de los últimos lustros, de reflejarse en el espejo brasilero.

Hace pocas semanas lo hizo con creces el presidente argentino, Javier Gerardo Milei, quien no se conformó con participar de un acto de campaña de Flavio sino que además no se ahorró ninguna imprecación al presidente Lula. Su alineamiento con Donald Trump es incontrastable y la importancia para su gesta regional de líder del cipayismo subcontinental en gran parte se juega con lo que ocurra en Brasil. Milei eludió la prudencia y apostó un pleno en la elección brasilera y, si la tendencia que se avizora no es revertida por el progresismo del país vecino, finalmente se alzará con remesas para ser el rostro de proa de un barco donde ya están subidos Rodrigo Paz, José Antonio Kast, Nayib Bukele y Abelardo de la Espriella. Sin embargo, el tiro podría salirle por la culata, porque difícilmente Marco Rubio o el propio Trump escojan como comandante de esa embarcación a un Milei imprudente, en declive, con una economía crujiente y de un país más pequeño que el propio Flavio, quien tendría todas las fichas para izar la bandera y quedarse con la comandancia de la derecha latinoamericana.

El mismo reflejo se observó de parte del progresismo argentino, y lo hemos advertido varias veces desde estas columnas al decir que, por ejemplo, el talibanismo kirchnerista pretendía ver en lo ocurrido con CFK como un camino homólogo al que llevó de vuelta a la presidencia a Lula, tras su detención por hechos de corrupción. De hecho, CFK buscó también este año un golpe de efecto al reflejo con Brasil, al incorporar hace pocas semanas a su defensa técnica a letrados que obraron como patrocinadores de Lula. Sin embargo, la suerte de CFK está más cerca de la de Rafael Correa, en el exilio, o de Evo Morales, al margen de dominar incluso su propio partido. Y ahora que podrían analizar el problema de llegar al poder a cualquier precio aliancista -algo que ya podrían haber concluido tras la experiencia de Alberto Fernández-, seguramente empezarán a ensayar balbuceos para tomar distancia del evidente fracaso -aunque gane las elecciones el 25 de octubre- de este mandato de Lula, en el que incorporó al gobierno sectores francamente oligárquicos, reaccionarios y conservadores.

El segundo turno electoral definirá el próximo presidente de Brasil y no sólo Milei se juega mucho de su capital político en ese resultado, también el peronismo tiene su apuesta hecha. Habrá análisis sobre la inclinación de los indecisos, en todas las elecciones recientes, a volcarse en favor de los opositores, sean de la extracción política que sean. Lo cierto es que a la dirigencia argentina en general le conviene empezar a desprenderse de un anclaje tan dependiente a la suerte de la sociedad brasileña.