Franco Hessling Herrera

Con el primer turno electoral en Brasil se definirá si hay o no segunda vuelta o si Lula alcanza lo que hasta ahora se le ha hecho imposible, ganar en primera vuelta. El acusado de corrupción e hijo del convicto golpista Jair Bolsonaro, Flavio, es el principal favorito de la oposición para disputarle la presidencia.

El próximo 4 de octubre será el primer turno electoral en Brasil en una nueva contienda por la presidencia, donde Lula intentará prolongar su estadía en el gobierno mientras que el heredero del predecesor preso por golpista, Flavio Bolsonaro, buscará llevar su apellido nuevamente al comando de la nación con dimensiones continentales del Conosur. La compulsa determinará quien inaugurará un próximo mandato a partir de enero del año próximo. Conjuntamente con las elecciones de medio término en los Estados Unidos y los comicios en Israel, esta competencia de sufragios será de las más miradas en el mundo durante los últimos meses de 2026.

Luego de las victorias de José Antonio Katz en Chile y Rodrigo Paz en Bolivia, conjuntamente con el triunfo de Abelardo de la Espirella en Colombia y Keiko Fujimori en Perú, Sudamérica atraviesa lo más cercano a un giro regional sustancial hacia gobiernos con tendencia conservadora para aspectos sociales y políticos, liberales para aspectos económicos, globalistas para la geopolítica y con vocación de alineamiento como obediente backyard de los Estados Unidos. De hecho, el premier argentino, Javier Gerardo Milei, fantasea con los susurros de su loro parlanchín, Santiago Caputo, con volverse el líder regional de un bloque aliado a Donald Trump. De hecho, se sabe, fue invitado al consejo de seguridad que creó este último y que está atado con alambres a niveles de legitimidad, financiamiento y capacidad real de operación conjunta entre sus países miembros.

Sin embargo, como alguna vez advirtió Henry Kissinger, hacia donde se oriente Brasil se orientará, en gran parte, el destino político del subcontinente sudarmericano. Por razones obvias como la diversidad étnica de su población, la proporción de su PBI para la región -prácticamente la mitad en términos relativos-, su densidad demográfica -sólo detrás de los Estados Unidos en el continente-, su extensión territorial y diversidad de relieves, su importancia comercial a nivel mundial -se ha convertido en el primer país exportador de soja-, la atracción que produce para las inversiones extranjeras -aventaja con dilatado margen a México, que lo secunda- y la dependencia que genera con el resto de países latinoamericanos.

Entonces, vaya si la suerte está echada con lo que se pone en juego en las citadas elecciones que vienen de aquí a fin de año para líderes como Milei, alineados maquinalmente con las políticas internacionales de Trump y el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu. ¿Qué podría ocurrir con las ínfulas de comisionado trumpista y sionista en la región latinoamericana del libertario argentino si los electorados le vuelven la espalda a esos dirigentes y, además, Flavio Bolsonaro no logra destronar al presidente Lula? Tierra yerma y desamparo, por lo pronto. Es tan frágil la gobernabilidad de Milei que depende en gran parte de lo que ocurra en estos escenarios electorales. Ello así, además, por él mismo apostó a que así sea, con una suerte de todo o nada, radicalizando sus discursos y, en particular con Brasil, enfrentándose de forma grosera y grotesca con el mandatario octogenario.

El escenario en los comicios brasileros se avizora parejo y con la misma paradoja, tal cual señala Natanson en la última editorial de El Dipló, que surcó la elección presidencial de los Estados Unidos en la que Trump abatió a Kamala Harris: el escenario económico del país, que tiene ciertos visos muy positivos -como el aumento de empleos, el incremento de los ingresos mínimos y la salida del mapa de la pobreza de la ONU- no se condice con las percepciones económicas que manifiestan las encuestas. Es decir, la ciudadanía brasileña se siente económicamente en una situación desventajosa, pese a que los indicadores no marcan una situación necesariamente recesiva. Sí es cierto que decayó el nivel y la potencia de la industria en detrimento de los servicios y la actividad agropecuaria, un evidente fracaso de la estrategia que Lula desplegó al incorporar como vicepresidente a Geraldo Alckmin, un hombre del riñón industrial paulista, otrora opositor del PT y ferviente impulsor del impeachment contra Dilma en 2013-2014.

Además, han incrementado exorbitantemente los problemas de salud mental en ámbitos laborales, aquello que en inglés se conoce como burnout, y que podríamos traducir llanamente como los que están completamente quemados por la presión de la superexplotación. También se han disparado enormemente las apuestas, legales e ilegales, que proliferan a través de plataformas al alcance de la mano. Con ello, además, treparon los endeudamientos familiares y la morosidad, algo en lo que el gobierno intervino recientemente prohibiendo a los endeudados a acceder -de forma legal- a las plataformas y sitios físicos de apuestas. Y bien sabemos que esa clase de medidas que podrían ser razonables para cualquiera que considere el valor de la comunidad por encima del que puedan tener cada uno de los individuos, para los que lo perciben exactamente al revés, con el individuo en el centro de todo, son medidas pasmosas, rayanas a una tiranía, que inhiben la libertad individual de endeudarse para seguir apostando, tanto como guste cada quien, cual tahúres profesionales o escolazos irrefrenables.

En ese último sentido hay que anticiparse a dos elementos importantes de los comicios. Por un lado, que a la base electoral de Lula le cuesta sobremanera conquistar la mayoría para ganar en primera vuelta y que, por lo tanto, es casi una certeza que habrá un segundo turno electoral, el próximo 25 de octubre. En segundo lugar, que el espectro opositor está dividido y que para polarizar con Lula la misión de Flavio es entrar en el balotaje, algo que se anticipa muy probable. Ya en ese escenario de segunda vuelta, la paridad es tan ajustada como la que marcó los actos electorales en Colombia, donde la moneda podía caer para cualquier lado. Si bien no es azar ni una moneda al aire, esto demuestra que situaciones cruciales, como todo un alineamiento regional desde los resultados en Brasil, podrían definirse por muy estrecho margen, con minorías muy intensas y cuantiosas en la ecuación.