09 27 aimoCristian Aimo

El poder siempre se las ingenia para encontrar una forma elegante que justifique sus propios desastres. La actualidad en los medios produce la incómoda sensación de una película ya vista.

Cambian los nombres de los mandatarios, las banderas y el calibre de las armas, pero el libreto de fondo permanece intacto. Y nosotros, mientras tanto, miramos en las pantallas cómo el poder escribe el manual de las buenas costumbres. Un misil que impacta en un edificio residencial, una familia que escapa con lo puesto, un hospital colapsado y en el corte publicitario, el resumen del fútbol o el último índice bursátil. Como si nada hubiera pasado.

Si hacemos un poco de historia, en febrero de 2003, Colin Powell, quien fuera general del Ejército de los Estados Unidos por aquellos años, se sentó ante el Consejo de Seguridad de la ONU y sostuvo un tubo de ensayo que, aseguraba, probaba la existencia de ántrax y armas de destrucción masiva en manos de Saddam Hussein. Con el tiempo se admitió que esas pruebas eran inconsistentes, pero la sentencia sobre Irak ya estaba firmada. Llegaron la invasión, el desmantelamiento del Estado y, según un documento de la Universidad Brown, más de 134.000 civiles muertos en los primeros diez años de violencia directa. Las armas nunca aparecieron, la devastación sí.

Powell falleció tiempo después con honores de Estado, sin haber pisado jamás un tribunal internacional. Por desgracia, la historia pocas veces la redacta quien tiene la razón moral, lo hace quien tiene el poder de las armas.

Nos educaron en un dualismo cómodo, de buenos y malos. Y es verdad que sobran tiranías brutales, persecuciones y crímenes que no admiten atenuantes. El problema surge cuando la vara moral se vuelve elástica y la gravedad de un acto depende exclusivamente del pasaporte de quien lo cometa. Si la incursión militar la ejecuta un adversario, es una invasión criminal, si la encabeza un socio estratégico, pasa a llamarse “intervención humanitaria”. Cuando el proyectil de un aliado pulveriza una vivienda, un hospital o un colegio, el parte oficial habla con frialdad de “daño colateral”, si el proyectil viene de la vereda de enfrente, los titulares gritan “crimen de guerra”. El idioma, en los medios hegemónicos, también viste uniforme.

América Latina transitó esa doctrina durante los años setenta. La Operación Cóndor no fue una leyenda de barricada. Los documentos desclasificados por el Departamento de Estado norteamericano ratificaron la coordinación represiva entre las dictaduras de Argentina, Chile, Uruguay, Paraguay, Bolivia y Brasil, con planes sistemáticos de secuestro y asesinato que ignoraban cualquier frontera.

Décadas más tarde, el guión se repitió en Libia. En 2011, con la bandera de resguardar a los civiles, la coalición internacional intervino y derrocó a Muamar Gadafi. Tras el bombardeo no floreció una república democrática, sino un vacío absoluto donde prosperaron milicias armadas y redes de tráfico de personas. Quitar a un autócrata del tablero sin medir las consecuencias territoriales rara vez trae libertad, casi siempre deja un gran vacío de poder.

Hoy, la guerra en Ucrania atraviesa su quinto año tras la invasión rusa a gran escala, y ningún eufemismo diplomático puede maquillar lo que ocurre sobre el terreno. Solo entre enero y julio de 2026, Naciones Unidas verificó 1.839 civiles muertos y más de 10.600 heridos, con un pico de bajas en julio que marcó el registro mensual más severo desde mayo de 2022. No caben justificaciones para Moscú.

Pero el conflicto también revela el reordenamiento del tablero global. Europa se ve arrastrada a un rearme que tensiona sus propios presupuestos sociales, la OTAN redefine su despliegue y Washington recalibra el costo de seguir financiando la seguridad del Viejo Continente.

En Gaza, la tragedia tampoco tolera rodeos retóricos. Los informes constantes de la ONU detallan ataques que pulverizan infraestructura civil y condenan a la población a una subsistencia inviable, entre escombros y bloqueos que impiden cualquier reconstrucción real. La seguridad de Israel y el derecho palestino a una vida digna y en paz dentro de su tierra no deberían ser términos excluyentes. Sin embargo, en Medio Oriente la vida humana lleva décadas relegada al último renglón de las prioridades, subordinada al pulso entre potencias regionales y globales donde los misiles vuelan alto y las víctimas quedan siempre abajo.

Asistimos a una recomposición del planeta en grandes áreas de tutela. Rusia busca blindar su cordón en Europa del Este, China expande su músculo tecnológico, comercial y militar por toda Asia mientras mantiene la tensión sobre Taiwán y Estados Unidos preserva su gravitación histórica sobre América Latina y el Caribe, operando como la principal fuerza económica y militar del hemisferio.

Para someter a una región en el siglo XXI ya no es indispensable el desembarco de infantería de marina. La influencia contemporánea se ejerce a través del control de la deuda externa, la dependencia de una moneda de reserva, la concesión de terminales portuarias, la infraestructura satelital o la arquitectura de algoritmos y plataformas digitales que determinan qué información circula y cuál se descarta.

Ahí reside el costado más corrosivo de la propaganda que no busca que amemos la violencia en abstracto, sino que aprendamos a tolerarla cuando la ejercen los propios. Nos entrenan para indignarnos por turnos, para compadecernos de unos muertos mientras se justifican otros, y para recordar el derecho internacional solo cuando conviene al interés de turno.

“Guerras y rumores de guerras”, advertía un párrafo del apocalipsis. Hoy esa frase no funciona como augurio bíblico, sino como crónica diaria de una época marcada por drones de ataque autónomo, ciberataques y armas de destrucción masiva. Con un agravante propio de nuestro tiempo, la tragedia se consume en tiempo real, entre el desayuno y el camino al trabajo, metabolizada en videos de quince segundos que se devoran unos a otros.

El riesgo de fondo no radica únicamente en que tres o cuatro centros de poder se repartan las zonas de influencia del planeta, sino en que nosotros naturalicemos ese arbitrio. En que aceptemos que las fronteras, los intereses estratégicos o el orgullo imperial valen más que la integridad de las personas de a pie. Porque los conflictos siempre se inauguran con grandes argumentos morales, se continúan con el trazo de mapas y terminan con fosas comunes. Y la muerte, cuando los poderosos juegan a la geopolítica, nunca es un daño colateral, es el costo previsible que siempre pagan los mismos.