09 07 hesslingFranco Hessling Herrera

Contra la moral capitalista que impone que la juventud sólo vea superación en el desarrollo individual, la adquisición de riqueza material y la acumulación de dinero y bienes distintivos, hacen falta programas de desarrollo anticapitalista que recuperen valores, conocimiento e instrucción como aspectos preeminentes.

No se trata de asumir que todo tiempo pasado fue mejor, ni que en tiempos remotos había mejores valores o que décadas atrás todo estaba más encauzado que ahora.

No es una cuestión de demonizar el presente, de asumir una postura pesimista con lo el devenir actual ni de idealizar una historia antigua, bucólica, agreste o con cierto dejo de ruralidad tradicional. No se trata tampoco de mirar ese pasado con ojos indulgentes o románticos, tampoco de apologizar en contra de todo progreso, sesgo de modernidad o marca de época que imprime ritmos distintos, valores novedosos y modos distintivos a partir de estos tiempos, los que corren por estos días. No tiene que ver con esas posturas maniqueas o dualistas, tampoco con un eclecticismo forzado entre el pasado y el presente.

Tiene que ver con una postura crítica que nos debería empujar a la reflexión sobre lo que tan ampulosamente, los unos y los otros, los opositores y los oficialistas, los progresistas y los conservadores, consensuan en llamar las “generaciones futuras”. La juventud es el momento de la vida donde todo está por escribirse, todo está por hacerse y, por lo tanto, las posibilidades, al menos en términos de imaginación, pueden potencialmente dispararse en cantidad y diversidad. Es una etapa en la que lo que luego la realidad nos devuelve como imposible suena a probable, cuando los deseos se confunden con los proyectos y los hobbies pueden ser vistos como trabajo.

Entre la niñez y la juventud, adolescencia mediante, transcurre una sucesión de hechos que se entremezclan para dar lugar al sueño palpable, a esa ilusión de que lo añorado se vuelva real. Son momentos donde se sueña con jugar un mundial y ser campeón del mundo, donde se ansía viajar por distintas geografías, coronarse en una profesión, componer una canción que se vuelva hit o formar parte de una productora que impulse un éxito taquillero. Son años donde el Nobel parece más cercano y la consagración no se vislumbra como imposible. En la juventud uno cree, con toda convicción, que puede estar entre los que destaquen por encima del promedio.

Por eso, ser joven, sacado de los imperativos estéticos que lo han encasillado en los últimos años, impulsaba a una actitud de superación a veces imprudente, temeraria y hasta ilusoria, ilusa, ingenua. Nadie hubiese creído, por ejemplo, que Manu Ginobili a los 17 años medía todavía un metro setenta y que apenas si hacía méritos para ser considerado suplente en un equipo comunal de su Bahía Blanca natal. Si en ese entonces él no hubiese tenido esa impronta juvenil que lo hacía creer que la NBA todavía era posible, probablemente no se habría consagrado como el inmenso deportista que luego asaltó el olimpo del básquet.

Hace un tiempo atrás, tal vez un quindenio aproximadamente, se instaló la estigmatizante categoría de “jóvenes ni-ni” para referirse a aquellos que no trabajaban y no estudiaban. En algún sentido, se enfocaba la categoría no como un problema estructural derivado de relaciones económicas y un interjuego entre estadísticas y oportunidades, sino, peor aún, como un sesgo comportamental de ciertos jóvenes que al tender a tales o cuales conductas terminaban por no estudiar ni trabajar. Y claro, eso abría relaciones estereotipadas entre tales jóvenes y el consumo de drogas, los motochorros, las madres solteras y la percepción de planes sociales. Un destino parecido al que se le dio a la noción de “underclass” en los Estados Unidos durante las décadas del 80 y 90, analizado al detalle por Wacquat en “El demonio en la ciudad”.

Aunque ciertamente el número de jóvenes que no estudia ni trabaja se empezó a incrementar, lo que se observa es una tendencia generalizada al conformismo, incluso entre aquellos que estudian y trabajan. Una aquiescencia a que el orden establecido se respeta, un afán excesivo por adaptarse y, principalmente, por granjearse fortuna dineraria sin grandes esfuerzos y sin dilatar durante muchos años de sacrificio esa comodidad económica. Una coyuntura que no se relaciona tanto con tener estabilidad y tranquilidad, sino más bien con poder consumir cuanto producto se ponga de moda y signifique un diacrítico para distinguirse de la mayoría. Destacarse ya no pasa por ser un atleta, un artista, un profesional con especiales cualidades, sino, más bien, con reunir mucho dinero para poder comprar muchas o ciertas cosas.

Por esa razón, los deseos de superación tan propios de la juventud, a veces de modo aventurada y excesivo, con desmedida ilusión y sin reparar en realismos, se corrieron de las ambiciones axiológicas, simbólicas y de reconocimiento a un parámetro casi exclusivamente material y dinerario. Es una juventud resultado del capitalismo, visto no sólo como un modelo económico sino, más bien, como una moral de vida. Por esa, entre muchas otras razones, es más necesario que nunca reavivar programas de debate, formación y proyección de modelos anticapitalistas, donde impere la cooperación, los valores, el conocimiento y la instrucción más allá del individuo, la capacidad de consumo y la riqueza material. Esto último no está mal, sólo que nunca puede ir por delante o considerarse más importante que los primeros aspectos mencionados. Hay que volver a poner el carro detrás del caballo.