08 24 aimoCristian Aimo

Hay una costumbre argentina que ya debería empezar a preocuparnos: cada gobierno llega prometiendo que esta vez sí encontró la fórmula definitiva. Unos levantan la bandera del consumo, otros la del equilibrio fiscal. Unos hablan de poner plata en el bolsillo de la gente; otros, de cerrar la canilla del Estado. Y mientras el péndulo va de un extremo al otro, la Argentina sigue esperando algo mucho más difícil: una política económica que no necesite destruir lo anterior para demostrar que tiene razón.

¿Será que estamos condenados a elegir entre una economía que consume hasta quedarse sin combustible y otra que ordena las cuentas mientras deja a buena parte de la sociedad mirando desde afuera?

Tal vez el problema no sea solamente económico. Tal vez también sea cultural. Nos hemos acostumbrado a pensar la economía como una disputa de dogmas, cuando en realidad debería ser una discusión sobre resultados.

El kirchnerismo tuvo un mérito indiscutible en sus primeros años: reconstruyó empleo, consumo y tejido social después del derrumbe de 2001. Pero sería intelectualmente deshonesto convertir aquella experiencia en una receta eterna. Néstor Kirchner gobernó sobre una combinación excepcional: capacidad industrial ociosa, salarios deprimidos y un contexto internacional extraordinariamente favorable para las exportaciones argentinas.

Pero ¿qué ocurrió cuando esas condiciones dejaron de existir?

Allí apareció una de las grandes trampas de nuestra política económica que es intentar sostener indefinidamente una fiesta que ya no podía financiarse con crecimiento genuino. El gasto reemplazó a la productividad, la emisión comenzó a reemplazar a los recursos y los controles intentaron contener consecuencias que el propio modelo iba generando.

El resultado terminó siendo conocido: inflación, pérdida del poder adquisitivo, restricciones cambiarias y una economía cada vez más dependiente del parche. Pero cuidado. Que el exceso de gasto público tenga consecuencias no significa que la solución sea convertir al ajuste en una religión.

Porque entonces aparece el otro extremo del péndulo. Mauricio Macri llegó prometiendo normalizar la economía. Javier Milei hizo de la motosierra una bandera mucho más radical. En ambos casos aparece una idea que contiene una verdad evidente: ningún país puede vivir eternamente gastando más de lo que produce.

Pero aquí comienza la segunda pregunta incómoda: ¿Para qué queremos ordenar la macroeconomía? Si la respuesta es "para volver a crecer", perfecto. Pero si el equilibrio fiscal se transforma en un objetivo autosuficiente, algo se ha desviado en el camino.

Lo que muchos no entienden es que una economía no es una planilla de Excel. Detrás de cada punto del déficit hay una decisión política. Detrás de cada recorte hay una familia. Detrás de cada obra pública detenida hay una empresa que deja de trabajar. Detrás de cada pyme que baja la persiana hay trabajadores que pierden ingresos y consumidores que dejan de consumir.

Entonces, ¿qué estamos ordenando cuando el orden fiscal comienza a destruir las condiciones que deberían permitirnos crecer? No se trata de defender el déficit eterno. Tampoco de reivindicar una economía subsidiada hasta el infinito. Se trata de comprender algo mucho más elemental: el equilibrio macroeconómico es el piso de una economía, no su techo.

La estabilidad monetaria es necesaria. El equilibrio fiscal es necesario. Una moneda confiable es necesaria. Pero ninguna de esas cosas, por sí sola, fabrica una sociedad próspera.

La estabilidad no produce automáticamente fábricas, no crea empleos. La estabilidad no construye rutas, ni genera por sí misma tecnología, productividad menos exportaciones.

Todo eso requiere una política productiva. Y allí es donde la Argentina suele quedarse sin respuestas.

Porque también hemos confundido durante décadas protección con desarrollo. Hemos protegido industrias que nunca lograron volverse competitivas y hemos castigado actividades capaces de generar divisas. Del otro lado, hemos abierto la economía en ocasiones sin preguntarnos qué sectores estaban preparados para competir y cuáles necesitaban tiempo, inversión o infraestructura.

¿No será hora de abandonar también esa falsa elección? Ni proteccionismo ciego ni apertura ingenua. Ni Estado empresario de todo ni Estado ausente. Ni emisión para financiar la ilusión del consumo permanente ni ajuste convertido en una penitencia colectiva.

Lo que necesitamos es bastante menos épico y bastante más difícil, necesitamos una economía que produzca. Una economía donde el campo genere valor agregado, donde la minería no sea simplemente extracción, donde la energía se transforme en una ventaja industrial, donde el conocimiento argentino pueda venderse al mundo y donde una pyme tenga más incentivos para invertir que para sobrevivir.

Porque finalmente la discusión no debería ser cuánto consume la sociedad, sino qué capacidad tiene el país para producir aquello que consume y, además, producir lo que el mundo está dispuesto a comprar. Ese debería ser el verdadero debate.

Argentina lleva demasiados años discutiendo cómo repartir una riqueza que todavía no aprendió a generar de manera sostenida. Y mientras tanto, el péndulo continúa.

Un gobierno llega y promete distribuir. El siguiente llega y promete ajustar. Uno expande. Otro contrae. Uno culpa al mercado. Otro culpa al Estado. Uno mira hacia adentro. Otro mira hacia afuera. Y nosotros, en el medio, seguimos esperando.

Quizás la madurez económica consista precisamente en dejar de preguntarnos de qué lado del péndulo estamos y empezar a preguntarnos por qué seguimos atados a él.

Porque una macroeconomía ordenada sin gente adentro puede terminar pareciéndose demasiado a un desierto perfectamente administrado. Pero una economía que promete bienestar financiándolo con emisión y déficit permanente se parece todavía más a un espejismo.

El desafío, entonces, no es elegir entre la macro y la micro. Es conseguir que la macroeconomía deje de ser una camisa de fuerza y se convierta en el suelo firme sobre el cual pueda caminar la economía real.

Quizás ese sea el verdadero salto que todavía nos debemos. Dejar de gobernar para demostrar que el otro estaba equivocado y empezar, de una vez por todas, a gobernar para que el país tenga razón.