08 22 casallaPor Mario Casalla
(Especial para Punto Uno)

Está unida a mis recuerdos más tempranos, en mi casa había una radio (de esas tipo “capilla”, a válvulas), y escucharla me abrió un mundo totalmente diferente. A la noche se transmitía radio desde los teatros, los fines de semana partidos de futbol, y música.

La televisión recién aparece en el mes de octubre de 1945 y su gran impulsor fue Jaime Yankelevich, quien importó los equipos técnicos y las cámaras desde los Estados Unidos para hacer posible el proyecto.

La audiencia inicial fue pequeña, existían apenas unos 700 aparatos receptores en todo el país. Las emisiones regulares y continuas comenzaron pocas semanas después, el 3 de noviembre de 1951; el primer partido televisado de la historia argentina ocurrió el 18 de noviembre de ese mismo año, un encuentro entre River Plate y San Lorenzo de Almagro. Por supuesto todo en blanco y negro, la televisión a color se inauguró de forma oficial el 1 de mayo de 1980 con la transmisión de la bandera argentina bajo los acordes de la canción Aurora.

Sin embargo no eclipsó la radio, en cada casa seguro había una radio, no así un aparato de televisión. Donde lo había era común que se invitase a un vecino a ver tal o cual programa.

Ocho años después que la televisión llegara al país, hizo lo propio en Salta: el 29 de agosto de 1959, se inauguró un circuito cerrado con la presentación en directo de artistas locales, conjuntos folklóricos y películas. Todo un acontecimiento. En cambio, la radio se escuchó mucho antes, desde 1923.

Así lo recuerda Armando Caro, pionero en el tema: “En 1923, cursaba yo el sexto grado de la escuela primaria. Teníamos como profesora de Física a la señorita Esperanza Mesones. Fue ella quien nos interesó por la radio, al tiempo que comenzaban a llegar a Salta los primeros aparatos receptores, que eran traídos por la firma de don Román Villagrán, quien tenía una gran ferretería con anexo de peluquería en el edificio que hoy ocupa el Cabildo Histórico de Salta, que en aquel tiempo se alquilaba”. Otro tiempo, otras costumbres.

 

Los “locos de la azotea”

No caeré en el lugar común de hablar de su magia, pero que la radio la tuvo es cierto y no caben dudas. Acompaña como pocos nuestras vidas y –por sobre cualquier otro medio de comunicación- es el que mejor se adapta a nuestra intimidad y a nuestros cambiantes humores. No requiere la concentración ni la exclusividad de la lectura de un diario o de mirar la televisión, la podemos escuchar perfectamente mientras la vida y nosotros continuamos su curso.

Woody Allen le rindió un brillante homenaje cinematográfico en su film “Días de Radio”, pero nosotros tenemos los nuestros y son muy peculiares, por cierto. El inicio fue el 27 de agosto de 1920 cuando -desde la terraza del Teatro Coliseo de la Ciudad de Buenos Aires- se realizó la primera transmisión radiofónica (integral y completa) de un programa de radio. Se trató de la ópera “Parsifal” de Richard Wagner, interpretada por la soprano argentina Sara César y el barítono Aldo Rossi Morelli. Aquellos pioneros que la hicieron posibles (conocidos luego como “los locos de la azotea”) fueron el médico Enrique Telémaco Susini y tres colaboradores: César Guerrico, Luis Romero Carranza y Miguel Mujica.

En 1970, al cumplirse medio siglo de aquélla transmisión histórica, el gobierno nacional estableció el 27 de agosto como Día de la Radiodifusión. Aclaremos desde el vamos una cosa: aquélla de Susini no fue la primera emisión radial del mundo, sino la primera transmisión integral y completa de un programa de radio con todas las de la ley. Los que saben –a pesar de que las polémicas todavía subsisten- concuerdan en que la primera emisión radial fue hecha en la Nochebuena de 1906 en los EE.UU., cuando Reginald Aubrey Fessenden transmitió (desde Brant Rock Station, Massachusetts) una radiodifusión de audio; entonces, buques desde el mar pudieron oír a Fessenden tocando en el violín la canción Oh Holy Night y leyendo un pasaje de la Biblia, todo muy breve y experimental.

Sin embargo, recién el 2 de noviembre de 1920, tuvieron los EE.UU. su primer programa de radio: ese día se difundieron desde Pittsburg los resultados de las elecciones presidenciales. O sea que los argentinos ¡ganamos por algo más de dos meses! Pero un triunfo es un triunfo y no siempre se puede ganar por mucho.

 

De lo exclusivo a lo popular

Aquella noche en Buenos Aires, pocos minutos después de las nueve, se calcula que unas cincuenta personas escucharon Parsifal desde el Teatro Coliseo, en las pocas radios a galena que entonces existían. Antes Susini, el primer “speaker” (locutor) radial, les decía a sus flamantes oyentes: "Señoras y señores: la Sociedad Radio Argentina les presenta hoy el Festival de Richard Wagner, con la actuación del tenor Maestri, la soprano argentina Sara César y el barítono Rossi Morelli". Y no faltó tampoco el barco lejano que lo captara: hay constancias de que un buque anclado en el puerto brasileño de Santos, Brasil, tomó las flamantes “ondas del éter”.

Al día siguiente, el diario La Razón publicó una nota firmada por su crítico de música (Miguel Mastrogiani), bajo el título: “Una audición llovida del cielo. Parsifal a precios popularísimos”. Lo cual –dicho sea de paso- podría ser considerado un antecedente de la polémica: ópera por abono pago versus ópera para todos. Porque –como decía una señora de la época- si una paga su palco y su abono, no vaya a ser que ahora “todo el mundo” pretenda ir a la ópera sin pagar.

Pero el presidente argentino de entonces era don Hipólito Yrigoyen, quien también respetaba a los jóvenes, parco como era, sin embargo, declaró: “Cuando los jóvenes juegan a la ciencia es porque tienen el genio adentro”.

De allí en adelante Radio Argentina no dejó de transmitir. Al día siguiente se emitió Aída, por la tarde nuevamente Parsifal y a la noche Iris, con Gilda Dalla Rizza y el genial Benjamino Gigli. El lunes pasaron Rigoleto, después Manón y actuaciones especiales de la compañía lírica del teatro municipal de Rio de Janeiro. Terminada la temporada desde el Coliseo, Enrique Susini (con sólo 25 años) inventó –literalmente hablando- lo que hoy se denomina una “programación radial”. Además de ser “speaker”, cantaba en francés, alemán, italiano y ruso, cambiando el nombre para cada idioma, con la esperanza acaso de que sus oyentes apreciaran un verdadero “elenco”. Su sobrino Miguel Mujica sólo tenía 18 y César Guerrico y Luis Romero Carranza, apenas 22 años.

Un párrafo especial merece otro de su colaboradores: Adolfo Cirulli, de 13 años, quien fue lo que más tarde se llamaría “operador de sonido”, a la vez diskjockey”, locutor, productor y asistente de primera categoría. Además, el pibe se las arreglaba para salir corriendo y -cada 15, 30, y 60 minutos- golpear sobre una lata de aceite vacía, anunciando la “hora oficial”. Así las cosas, aquella Radio Argentina de Enrique Susini fue la primera en organizarse como empresa y ser inscripta en un registro internacional, al obtener la primera patente de marca en su tipo reconocida por la UIT en todo el mundo.

 

La tentación del multimedio

Un año después, el 12 de octubre de 1922, Radio Argentina realizó la primera transmisión radiofónica de una asunción presidencial: la de Marcelo T. de Alvear, quien –ya algo más cerca del abono pago que de la ópera para todos- reemplazaba a Yrigoyen en la Casa Rosada.

Además, si Marcelo una vez compró todas las entradas del Teatro Colón para que nadie más que él pudiera escuchar cantar a su amor Regina Paccini, no es pensable que el hombre se entusiasmara con el disfrute gratuito para oídos más plebeyos. Igual Uriburu no lo perdonaría en el ’30. Tres años más tarde ocurrió la tentación del “multimedio”: Natalio Botana, dueño del diario Crítica, se hizo cargo de la explotación de Radio Argentina manteniendo a Susini como director, pero la sociedad duró apenas un año (al siguiente aquél la vendió a Radio Prieto).

Sin embargo, el olfato de Botana ya era impecable para con el nuevo medio de comunicación: el 14 de septiembre de 1923, una multitud de porteños se reunió frente al edificio del diario Crítica para escuchar por los altavoces “la gran noche de la radio argentina”: el combate de Firpo contra Dempsey desde los EE.UU.

Y una vez más Botana no dijo toda la verdad: la que emitía era Radio Sud América y no fue un relato deportivo propiamente dicho, sino la lectura de cables informativos. Eso sí “para amenizar la espera”, como entonces decía el “speaker”, por los altavoces el público reunido en la calle pudo escuchar a un ignoto dúo campero de guitarra y voz, integrado por un oficial del Ejército de apellido Rodríguez y un joven de la provincia de Buenos Aires que ya prometía: se llamaba Chavero, pero triunfaría luego como Atahualpa Yupanqui.

Dicen –pero no creo que sea cierto- que a Botana se le cayó el habano de la boca con eso de que “las penas son de nosotros y las vaquitas son ajenas”.