07 23 aimo

Cristian Aimo

Se terminó el Mundial. No hubo vuelta olímpica ni copa para levantar, y sí, duele. Sin embargo, hay derrotas que sirven de algo; derrotas que te obligan a dejar de mirar la pantalla gigante para volver a mirar por la ventana de tu casa. Porque cuando el árbitro pita el final, cuando se apagan las luces del estadio y la televisión vuelve a su programación habitual, la realidad nos espera exactamente donde la habíamos dejado.

Ahí sigue la Argentina: el país del ciudadano de a pie que sale de madrugada a ganarse el pan; la vida del comerciante que ya no sabe cómo llenar la góndola; el jubilado que cuenta las monedas antes de entrar a la farmacia, y el laburante que hace cuentas todos los días al que siempre le falta una.

Qué pueblo tan raro somos. Capaces de abrazarnos en un gol como si no existieran diferencias entre nosotros, pero incapaces de defendernos con la misma fuerza cuando lo que está en juego no es una copa, sino el destino de nuestra propia tierra.

Durante el Mundial quedó al desnudo algo que venía ocurriendo desde hace tiempo. Nos quisieron convencer de que todo estaba arreglado y el mundo compró la mentira: que la Selección no ganaba por mérito, sino porque alguien movía los hilos desde las sombras. Millones creyeron ese relato, no porque fuera cierto, sino porque el algoritmo decidió que la bronca viajara más rápido que la verdad. Ahí radica el verdadero negocio: quienes manejan estos hilos no buscan que pienses; buscan que reacciones, que te enojes, que insultes, que compartas y que desconfíes de todo.

Lo peor es que este mecanismo no termina con el pitazo final del fútbol, sino que funciona todos los santos días. Porque un pueblo confundido es mucho más fácil de manipular que un pueblo que piensa. Mientras discutimos con un desconocido a través de un celular, otros firman decretos, votan leyes, venden recursos, hipotecan el futuro y cambian las reglas del juego sin que casi nadie levante la vista. Nos entretienen con el ruido para que no escuchemos el silencio donde realmente se decide el destino de nuestra Nación.

Y en medio de tanta soberbia apareció un hombre que jamás necesitó gritar para conducir: ¡Scaloni!. Él nunca fue el que más habló. No necesitó vender humo ni creyó que el equipo girara a su alrededor. Simplemente trabajó, escuchó, corrigió, se equivocó y aprendió. Y logró algo que parece imposible en la Argentina de hoy: que millones dejen de preguntarse a quién votaba el que tenían al lado para abrazarlo después de un gol. Eso también es hacer patria, porque la patria no empieza en los discursos; comienza cuando entendemos que nadie se salva solo.

El campeonato terminó dejando dos imágenes que valen más que mil conferencias de prensa. La primera fue la bandera de las Islas Malvinas, esa insignia que molesta e incomoda; la misma que algunos poderosos preferirían que desapareciera porque les recuerda que todavía hay una deuda en nuestra lucha por la soberanía. Mientras desde el poder eligieron el silencio y algunos agachaban la cabeza para no incomodar a los dueños del planeta, fueron los jugadores quienes hicieron lo más natural: mostrarla con orgullo. Sin discursos, sin marketing, sin pedir permiso.

Después habló Messi y dijo apenas unas palabras: "Hay gente que la pasa mal, que no tiene trabajo, que no llega a fin de mes". Expresó su orgullo por regalarles una alegría a quienes "la viven peleando". No hizo política; hizo algo mucho más difícil: miró a su pueblo y lanzó una sola frase para decir una verdad que millones conocen porque la viven todos los días.

En la Argentina hay gente que la está pasando mal, y eso no lo inventa ningún periodista. No hace falta leer estadísticas; basta con caminar unos cien metros, entrar a un almacén, hablar con un jubilado o escuchar a un padre que no sabe cómo va a pagar la luz. Hay dolores que no entran en los gráficos, pero se sienten en cada barrio del país.

El partido más importante todavía no empezó. Y aquí aparece nuestra mayor contradicción: nos desgañitamos pidiendo que once muchachos dejen la vida por la camiseta, pero muchas veces miramos hacia otro lado cuando entregan la tierra donde nacieron nuestros hijos. Nos peleamos durante horas por un penal, pero casi no discutimos cuando avanzan leyes que convierten nuestras riquezas en negocios para otros. Nos emocionamos con el Himno en un estadio, pero hacemos silencio cuando la patria se remata por decreto.

Nos hicieron creer que ser patriota era gritar un gol. Claro que también lo es, pero la patria empieza mucho antes. Empieza cuando defendemos el trabajo argentino, cuando cuidamos nuestros recursos y cuando entendemos que el litio, el agua, el gas, el petróleo, los bosques y la tierra no son cualquier mercancía. Son la herencia de nuestros abuelos y el derecho de nuestros nietos.

Lo que aún no entendemos es que el verdadero rival ya no entra con botines: entra por el celular. Te habla desde un algoritmo y te dice qué odiar, qué aplaudir y qué olvidar. Y mientras consigue que nos peleemos entre nosotros, los de siempre hacen negocios con un país que sienten cada vez menos nuestro.

Por eso, el partido más importante no se juega cada cuatro años, sino todos los días. No necesita un estadio; necesita memoria y coraje. Y, sobre todo, necesita algo que ningún algoritmo podrá fabricar jamás: un pueblo que vuelva a pensar con su propia cabeza, a sentir con su propio corazón y a recordar que la patria no se defiende solamente con una camiseta puesta. Se defiende, por encima de todo, cuando nadie está mirando.