
Cristian Aimo
Hay cosas que en la Argentina cambian de nombre, pero nunca cambian de historia. Ayer fue el trigo, después el petróleo y el gas. Hoy es el litio.
Siempre aparece un nuevo recurso que promete sacar al país adelante. Siempre escuchamos los mismos discursos sobre inversiones, desarrollo y progreso. Y, casi siempre, el final es igual: las provincias ponen la riqueza y otros se llevan la mayor parte de los beneficios.
El Norte argentino vuelve a estar en el centro de la escena. Bajo nuestros pies hay uno de los recursos más buscados del mundo: el litio. El litio mueve miles de millones de dólares porque es clave para la transición energética. Sin embargo, quienes viven donde esa riqueza existe, siguen esperando rutas en condiciones, hospitales mejor equipados, escuelas técnicas y servicios básicos que funcionen como corresponde.
Es difícil entender que una provincia dueña de ese recurso reciba tan poco de todo lo que genera. La mayor parte de los impuestos termina en las arcas del Gobierno nacional. Entre Ganancias, IVA y retenciones, cerca del 85% de la recaudación queda en Buenos Aires. A las provincias les queda una porción mínima y regalías que, por ley, tienen un techo bajísimo.
Mientras tanto, los camiones cargados de litio recorren rutas destruidas. Los pueblos de la Puna siguen peleando por el agua, por la energía y por una infraestructura que hace décadas debería estar resuelta.
Y entonces aparece una pregunta inevitable. ¿Tiene que ser necesariamente así?
La respuesta está a miles de kilómetros de acá.
Cuando Noruega descubrió petróleo también supo que estaba frente a una riqueza que algún día se iba a terminar. Podía gastarla en el presente o pensar en el futuro. Eligió lo segundo.
Creó un fondo soberano donde fue guardando buena parte de esa riqueza. Hoy ese fondo vale más de dos billones de dólares y es accionista de miles de empresas en todo el mundo. No lo hicieron porque fueran socialistas ni porque desconfiaran del mercado. Lo hicieron porque entendieron algo muy simple: los recursos naturales pertenecen a toda la sociedad y tienen que servir para mejorarle la vida a la gente.
Con ese dinero construyeron infraestructura, fortalecieron la salud, la educación y aseguraron bienestar para las próximas generaciones. Transformaron un recurso que se agota en un patrimonio que sigue creciendo.
Acá parece que siempre elegimos el camino contrario.
Extraemos la riqueza, la enviamos lejos y esperamos que, algún día, algo vuelva. Pero ese regreso casi nunca llega. Las rutas siguen rotas. Los pueblos siguen esperando. Las oportunidades pasan de largo.
No se trata de estar en contra de la minería. Todo lo contrario. El litio puede ser una enorme oportunidad para el país. Lo que no puede pasar es que la riqueza salga de la Puna y que en la Puna queden solamente el polvo, el tránsito pesado y las promesas incumplidas.
Nos quieren hacer creer que no hay otra forma de hacer las cosas. Que este modelo es el único posible para salir adelante. Pero el mundo demuestra exactamente lo contrario.
Hay países que usan sus recursos para hacer más fuerte a su gente. Que convierten la riqueza del suelo en desarrollo, educación, infraestructura y futuro.
La diferencia no está en el litio ni en el petróleo. La diferencia está en las decisiones. Porque un recurso natural puede enriquecer a un país... o puede enriquecer solamente a quienes administran su renta.
El verdadero federalismo no se declama en un discurso. Se ve en una ruta asfaltada, en una escuela abierta, en un hospital equipado y en un pueblo que siente que la riqueza que sale de su tierra también mejora su vida.
Ese debería ser el verdadero debate. No si extraemos más o menos litio. Sino quién se queda con sus frutos y para qué se usan.

Franco Hessling Herrera
Mario Casalla
Natalia Aguiar