06 06 boliviaMario Casalla
(Especial para Punto Uno)

Nuestra vecina Bolivia ha cambiado de presidente, Rodrigo Paz Pereira, con su lema “capitalismo para todos” se benefició de la disputa política entre Evo Morales y Luis Arce, y ganó el primer balotaje en la historia del país.

Paz Pereira, con tan solo 58 años, es economista e hizo una maestría en la Universidad de Washington. Es evidente que el gobierno dio un giro hacia la derecha. Por eso mismo el presidente Javier Milei, regresando una vez más de los EEUU, hizo un alto en La Paz y participo de la asunción del nuevo presidente boliviano.

La historia de Bolivia fue dramática a lo largo de siglos y fue el pensador y político Sergio Almaraz quien, en mi entender, mejor explica ese drama que parece no tener fin. Permítame, amigo lector, que se lo presente.

Preguntas angustiantes

Cuenta René Zavaleta Mercado, que en su cama del hospital paceño donde iba al encuentro con la muerte, Sergio Almaraz le balbuceó cuatro frases (en realidad cuatro preguntas sin respuestas) que, implorando, pedían: “¿Qué nos ha pasado... Por qué somos una nación vencida... Por qué hemos fracasado siempre? ¿Qué nos ha pasado... Somos una raza perdida de Dios?”. Era la madrugada del 11 de mayo de 1968 y Sergio Almaraz tenía apenas cuarenta años. No eran ésas, por cierto, las preguntas finales de un escéptico, un descreído, ni un desentendido. Al contrario moría alguien que, desde los diecisiete años, había hecho de esas inquietudes una activa militancia intelectual y política. Alguien que había estudiado, con singular agudeza y profundidad ese enigma que es Bolivia. Más que enigma una tragedia y una tragedia que excede sus propios marcos nacionales y en buena medida prefigura –en su dramática precipitación- muchos de los subsiguientes males latinoamericanos, de sus reiteradas luchas y frustraciones.

Sergio Almaraz radiografió como nadie ese singular proyecto histórico que –desde la plata del Potosí- terminó en la Bolivia contemporánea, entrañablemente latinoamericana y que ahora acaba de retroceder varios casilleros.

La mita: un genocidio interminable

La mita no terminará en América con aquel decreto de las Cortes de Cádiz de 1812. Hasta 1819 hubo mitayos en el Alto Perú, y la caída del imperio español en América, no significará el mejoramiento sustancial de los indígenas, ahora “bolivianos”, desde que en 1825 el país se hizo independiente de España.

Los indígenas bolivianos siguieron pagando tributo hasta 1930, cuando recién un decreto del presidente Villarroel derogó ese tributo bestial. Cuatrocientos cincuenta años “tributando”, no se sabe muy bien qué, ni por qué, pero tributando. Como en casi todo el Nuevo Mundo pero que en Bolivia fue mucho más agravado todavía -esa Independencia del siglo XIX fue sólo formal, ya que en la práctica significó un cambio en la fuente de dependencia: del funcionariado español, a los ricos criollos altoperuanos (no menos crueles, por cierto) y de la metrópoli de España, a la metrópoli de Inglaterra (no más generosa, tampoco).

El cordón umbilical de esa dependencia externa boliviana, que la desarrolla al mismo tiempo que la asfixia, fue la explotación minera. De los siglos XVI al XVIII la plata del Potosí, la minería del estaño. Es decir de la mita española, a la de Simón Patiño, Aramayo o la Minera Hochschild, los tres propietarios mineros más grandes de Bolivia (transformada así en primer productor mundial de estaño.

La célebre y todopoderosa Rosca Minera que Almaraz describirá puntillosamente en su “El poder y la caída” (libro que en 1966 gana el premio de Literatura y Ciencias de su ciudad natal, Cochabamba, pero que no le permiten editar por su último capítulo, “La conspiración de mayo”). ”Rosca” en cuyos bufetes se decide cada día el destino de la nación, siempre igual al de sus cuentas corrientes. El brasilero Darcy Ribeiro, en pocas líneas, sintetizó ese destino boliviano diciendo: “Desde la independencia se desarrolló en Bolivia la concreción más clara del modelo de Estado nacional dominado por un sector empresarial monoproductor, controlado desde el extranjero. La economía allí implantada (escribía en 1960), responde precisamente a este esquema: los yacimientos han sido explotados por empresarios nativos que a la postre se han asociado al monopolio internacional del estaño, cuyas oficinas centrales y plantas de transformación del mineral se encuentran en el extranjero”. Perfecta continuidad histórica: desde que alguien, en el siglo XV, gritó en quechua que la plata del Potosí no era para ellos, sino “para los que vendrán”, los bolivianos cumplieron forzosamente ese papel: trabajar para otros y nunca terminar de morir del todo.

Acabado el ciclo de la plata, las mismas minas empezaron a dar estaño y el mundo moderno necesitaba ahora estaño y allí estaba Bolivia, para arrancarlo no más. Y sus mitayos siempre listos. Gente guapa y empecinada, si la hay.

Los cementerios mineros

Permítanme cerrar esta nota compartiendo un texto estremecedor de Sergio Almaraz. Me lo mandó una vez mi amigo Rubén Caletti –allá por los años ’70, desde México- y no deja de estremecerme.

Es una página memorable de su libro “Réquiem para una República” (Universidad de San Andrés, La Paz, 1969), donde describe así aquellos lugares: “Hay que conocer un campamento minero en Bolivia para descubrir cuánto puede resistir el hombre. Cómo él y sus criaturas se prenden a la vida. En todas las ciudades del mundo hay barrios pobres, pero la pobreza de las minas tiene su propio cortejo: envuelta en un viento y un frío eternos, curiosamente ignora al hombre. No tiene color, la naturaleza se ha vestido de gris. El minero, contaminando el vientre de la tierra, la ha tornado yerma. A cuatro o cinco mil metros de altura donde no crece ni la paja brava, está el campamento minero. La montaña enconada por el hombre quiere expulsarlo. De ese vientre mineralizado el agua mana envenenada. En los socavones el goteo constante de un líquido amarillento y maloliente llamado copajira, quema la ropa de los mineros. A centenares de kilómetros donde ya hay ríos y peces, la muerte llega en forma de veneno líquido proveniente de la deyección de los ingenios. Al mineral se lo extrae y limpia, pero la tierra se ensucia. La riqueza se torna en miseria. Y allí en ese frío, buscando la protección en el regazo de la montaña, donde ni la cizaña se atreve, están los mineros. Campamentos alineados con la simetría de prisiones, chozas achaparradas, paredes de piedra y barro cubiertas de viejos periódicos, techos de zinc, pisos de tierra; el viento de las pampas se cuelga por las rendijas y la familia apretujada en camas improvisadas –generalmente bastan unos cueros- si no se enfría, corre el peligro de asfixiarse. Oculto en esos muros está el pueblo del hambre y de los pulmones enfermos, los de las ‘tres puntas’, los del ‘veinticuatro’ (descendiente directo de los mitayos y los mingados de la colonia). Sin pasado ni futuro, esta miseria lo ha envuelto todo... Esta vida no puede resistir mucho tiempo. Los obreros de 38 años ya son viejos. Por cada año de trabajo en minas profundas, calurosas, mal ventiladas, envejecen tres. Las partículas de sílice producidas por los taladros al perforar la roca, quedan adheridas a los pulmones endureciéndolos gradualmente hasta producir la muerte lúcida y lentamente... La enfermedad para la cual no hay cura ni drogas, se oculta hasta donde es posible, pero los ojos ardientes, la piel pegada como cuero seco en los pómulos y la fatiga constante, no pueden esconderse mucho tiempo. El y sus camaradas saben lo que pasa; las mujeres también; cuando aparecen los primeros síntomas –vómitos de sangre- callan. No hay gestos desesperados. Ellas comprenden y se resignan. Cuando van a la chichería, dicen afectuosamente al marido, ‘tomate nomás’. Y beben olvidando. De todos modos, no podrían hacer mucho adoptando normas de sobriedad, esto es si la miseria fuese compatible con esta virtud para ricos. El alcohol es la más inocente de las evasiones y la única de sus fugas. El fin se precipitará con una breve visita al médico; el certificado dirá ‘incapacidad total permanente’. Luego vendrá un extraño sepelio burocrático por las oficinas del seguro en La Paz, en las que luchará por lograr la calificación de su ‘renta’ de incapacidad que nunca será más de la mitad del salario y frecuentemente la tercera y cuarta parte... Las últimas jornadas serán en un hospital donde un día la muerte se producirá por asfixia, debida a que esos pequeños restos de pulmones se niegan a seguir trabajando. La lucidez en ningún momento habrá abandonado al moribundo”.

¿Es necesario agregar alguna palabra más? ¿Verdad que no?