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Cristian Aimo

“Que el mundo fue y será una porquería…” decía Enrique Santos Discépolo, y uno imagina que si levantara la cabeza hoy, no escribiría un tango… abriría una cuenta en redes y se haría viral en dos días. Aunque probablemente lo cancelarían en tres.

Porque si en los años 30, hace casi un siglo, la cosa venía torcida, ahora directamente viene con tutorial incluido.

Hoy ya no solo vivimos en el “cambalache”, lo gestionamos, lo compartimos y lo monetizamos. La porquería dejó de ser un diagnóstico para convertirse en contenido. Hay gente que no llega a fin de mes, pero sí llega a opinar sobre geopolítica, criptomonedas y dietas cetogénicas… todo en el mismo hilo.

Y en este hermoso zoológico digital aparecen nuevas especies. Por ahí andan los theryans, que se perciben como perros, gatos o vaya uno a saber qué criatura del reino animal. Uno no juzga… pero convengamos que mientras algunos se sienten leones y son simples gatos, otros están laburando de verdad para pagar la luz. El problema no es que alguien ladre o ruja, el problema es que a veces los que muerden están en lugares de poder.

Después tenemos a los que hablan con perros muertos. Que uno dice...bueno, el duelo es un proceso complejo… pero cuando el perro empieza a dar consejos económicos o a opinar sobre política internacional, capaz no estamos frente a un fenómeno espiritual sino a un espectáculo en horario estelar bastante rentable.

Mientras tanto, la política se volvió una mezcla de reality show y ring de boxeo. No se gobierna, se monta una puesta en escena. No se debate, se grita, se descalifica y se insulta. Y el ciudadano, que antes era protagonista, ahora es público… y de los que pagan entrada.

Nos vendieron la idea de que todo es libertad, pero curiosamente cada vez pensamos más parecido… o mejor dicho, más fragmentado. Porque ya no hay un “nosotros”. Hay miles de “yo” gritándose entre sí, convencidos de que el otro es el problema.

Discépolo tenía razón, pero se quedó corto. Esto ya no es un cambalache… es un multiverso del delirio.

La pregunta no es si el mundo está peor. La pregunta es, ¿en qué momento nos acostumbramos tanto al absurdo que ya ni siquiera nos causa gracia… salvo cuando lo convertimos en meme?

Y ahí estamos, riéndonos.

Como quien silba en la oscuridad… esperando que no le respondan desde el más allá.