01 08 dragoFranco Hessling Herrera

La invasión imperial de los Estados Unidos puso sobre la mesa de nuevo el corolario Trump a la doctrina Monroe. Sin embargo, hubo funcionarios argentinos que se opusieron a ello y que nadie los podría acusar de comunistas. Nuestros dirigentes y líderes de opinión actuales, en cambio, se caracterizan por todo lo contrario, bajeza, vileza y torpeza. 

La invasión de los Estados Unidos a Venezuela para eyectar y secuestrar al presidente Nicolás Maduro y a su esposa ha sacudido la agenda geopolítica y geoeconómica del mundo.

No hubo que esperar demasiado para que el país anglosajón y sus altos mandos reconocieran que la campaña previa y la acusación formal contra el caribeño fueron montajes para apropiarse del valioso oro negro que inunda las napas venezolanas. Ni cartel de los soles, ni narcoterrorismo, ni liberar al pueblo latino, la operación norteamericana buscó que la entrega de petróleo se haga al vecino hemisférico, y que ello aleje, a su vez, los tentáculos del regímenes ruso y chino, con quienes el chavismo mantiene vínculos de estrechez. 

A los pocos días de la captura y secuestro de Maduro, quien gobernaba tras una espuria elección en 2024 en la que ni siquiera sus socios ideológicos se atrevieron a fiarse de los resultados, los allegados a Donald Trump y el propio bravucón republicano, admitieron las negociaciones con la línea de mando del chavismo para no interrumpir más el régimen, siempre que se instalen nuevos privilegios sobre el petróleo y otros recursos para las inversiones norteamericanas. Al fin de cuentas, la avanzada de Trump no sólo violó el derecho internacional y se mofó de la ONU y todos los tratados, sino que fue una experiencia lisa y llana del imperialismo más soez. 

A ello los expertos en relaciones internacionales ya lo habían bautizado incluso durante la primera experiencia del mandatario como presidente. Se le bautizó como el “corolario Trump a la doctrina Monroe”. La múltiples veces citada doctrina se originó a principios del siglo XIX cuando se multiplicaron las independencias políticas de los países latinoamericanos con relación a las potencias imperiales europeas. Los Estados Unidos ya entonces se endilgaron a sí mismos el mote de protectores de la región, con menos de paternalismo y más de gendarme ideológico y económico. En la doctrina Monroe, así, puede interpretarse con la misma lógica psíquica con que opera la subjetividad del hombre golpeador: sólo yo puedo humillar, minimizar y maltratar a mi mujer, pero si alguien más lo intenta, pues entonces seré el héroe que la defienda. 

Esa doctrina tuvo antes de Trump el corolario de otro delirante imperial, don Theodore Roosvelt, el estrafalario presidente republicano implementó su “Big Stick” (gran garrote) como política exterior con lo que, despectivamente, la cultura yanqui postula como su “backyard” (patio trasero). Por entonces, Roosvelt fundamentaba su línea con el continente a partir de la inestabilidad económica de los países latinos, dejando entrever que las razones para intervenir estaban dadas por los desempeños dinerarios de esas naciones y la amenaza latente de que las potencias europeas tomaran esa vulnerabilidad para su provecho. Nuevamente, Estados Unidos se proponía intervenir no tanto para resguardar la soberanía de los países americanos sino, más bien, para garantizarse su exclusivo aprovechamiento, sometimiento y dependencia. 

A ese “gran garrote” del también republicano Roosvelt se lo conoció entre los expertos como “corolario Roosvelt de la doctrina Monroe”. Mucho menos citado que ello, aunque igual o más necesario, fue lo que por entonces propuso el canciller argentino, Luis María Drago. El contexto era que también en Venezuela, a principios del siglo XX, varias potencias europeas -por lo menos tres- se habían aprestado a un asalto militar justificando la cesación del pago de la deuda externa por parte del país americano. En ese marco fue que Roosvelt desenfundó su cachiporra imperial con dejos de patriarcado doméstico: a Venezuela sólo puedo oprimirla yo y nada más que yo. 

Con el tino, la valentía y el sentido nacionalista del que adolescen los Milei, todo su gobierno y sus seguidores, sin dejar de mencionar a los fatuos resentidos que confunden repudiar el autoritarismo de Maduro con avalar y hasta celebrar la agresión imperial, el canciller Drago salió al cruce tanto de los europeos como de Roosvelt y postuló la conocida, aunque menos citada, doctrina Drago. En resumidas cuentas, el argentino rechazó todo modo de intervencionismo por causas económicas, fueran del abusador continental o fueran transoceánicas. La doctrina Drago impone que ningún estado, dirá Wikipedia a más de una centuria, puede intervenir militarmente a otro para cobrarse deudas públicas. 

Qué lejos estamos de aquellos funcionarios con inteligencia, coraje y originalidad, con gramos intelectuales para tener ideas propias y con templanza para apologizar en su favor. Cuidado con confundir a Drago con un comunista, para nada, lejos de cualquier atisbo de revolución, socialismo o rechazo al capitalismo. Fue funcionario del conservador Partido Autonomista Nacional, con tan malogrados próceres como los genocidas Carlos Pellegrini, Miguel Juárez Celman y Julio Roca. De hecho, la doctrina Drago se postuló durante la segunda presidencia de este último. Por eso el problema no es tan maniqueo como libertad versus autoritarismo o capitalismo versus comunismo, el problema es la baja estatura intelectual de quienes hoy son referentes de opinión, líderes políticos y funcionarios nacionales. Ni el actual canciller Quirno ni ningún otro de los funcionarios de Milei, incluidos los propios hermanos, integrarán la memoria colectiva por un gesto de dignidad, autodeterminación o inteligencia original como Drago. Al contrario, están condenados a ensanchar los líquidos lixiviados del basurero de la historia.