Franco Hessling Herrera
El hombre deportado por error que, tras meses desde que se lo encontró inocente retornó a Estados Unidos, fue nuevamente detenido y amenazado de ser enviado a Uganda -a menos que se declare culpable por delitos que no cometió-.
El modo en que las sociedades se disponen ante la diferencia, ante aquello otro que amenaza la cohesión de una cierta identidad colectiva, ha sido problema de investigación antropológica, sociológica y psicológica desde las sociedades llamadas primitivas por Lewis Morgan hasta nuestros días y el problema de los refugiados, los expoliados y los expulsados, tanto por las guerras como por la criminalidad organizada. El abordaje de lo foráneo en las comunidades organizadas ha sido clasificado por Levi-Strauss a través de dos mecanismos posibles en su clásica etnografía “Tristes trópicos”, la antropofagia (asimilación) y la antropoemia (expulsión).
En nuestros días, la estigmatización de los inmigrantes, legales o ilegales, documentados o indocumentados, ha sido selectiva -no es lo mismo un migrante magnate de países desarrollados que un inmigrante pobre de un país tercermundista- y especialmente antropoémica. De hecho, se ha utilizado para reafirmar identidades nacionales, culpabilizar sobre las penurias vernáculas al otro diferente y prometer mejoras a través de la segregación.
A nivel mundial, el paladín de ese discurso político es Donald Trump, quien durante su primer mandato mandó a construir barreras para impedir que ingresaran migrantes por México y asumió su segundo mandato con la promesa de endurecer todavía más su política anti-extranjeros. En su primer mandato había sido sinofóbico y rusofóbico, llegando incluso a culpar a los chinos, como pueblo no como gobierno, por la pandemia del Covid-19. En esta segunda estancia en el Salón Oval, el republicano menguó mucho sus ataques a otras potencias y se concentró en la antropoemia selectiva contra los oriundos de pueblos oprimidos, haciendo del ICE (Immigration and Customs Enforcement) una oficina gubernamental harto nombrada en los últimos meses -tiempo antes era prácticamente desconocida-.
Este segundo mandato con este giro selectivo y aporofóbico en la antropoemia que ya se le conocía a Trump tiene un rostro emblemático entre sus víctimas, Kilmar Armando Abrego García. Fue detenido a las pocas semanas de que el gobierno republicano retornara a la Casa Blanca acusándolo de formar parte de la banda criminal MS-13, una de las maras más temidas de Estados Unidos, con fuerte presencia de migrantes centroamericanos. Aunque estaba ya radicado en el país anglosajón y con su familia e hijos nacidos allí, luego de su detención se lo deportó a la cárcel de máxima seguridad del autoritario aliado trumpista, el salvadoreño Nayib Bukele.
Distintas instancias judiciales en los Estados Unidos recogieron el caso luego de que sus abogados ofrecieran pruebas al respecto de la inocencia de Abrego García, quien no era un inmigrante ilegal ni estaba vinculado a ninguna asociación criminal. Esos tribunales finalmente le dieron la razón a los patrocinantes legales y dispusieron que Abrego García sea repatriado a los Estados Unidos, libre de todo cargo y presunción de delito. El gobierno de Trump desoyó esas órdenes judiciales por meses, negando su error y asegurando, en primera instancia, que no había tal equivocación. Sin embargo, el detenido y deportado pisó suelo norteamericano de nuevo esta semana, en lo que fue una confesión de hecho del gobierno sobre su accionar equivocado.
Pero el periplo no terminó allí, por lo tanto, los padeceres de la familia Abrego García tampoco. Al llegar a los Estados Unidos, Kilmar Armando fue recibido por una multitud cuando comparecía ante las autoridades norteamericanas. “A todas las familias que también han sufrido separaciones o que viven bajo la amenaza constante de ser separadas quiero decirles que, aunque esta injusticia nos está haciendo mucho daño, no debemos perder la esperanza”, expresó frente a la muchedumbre que lo vitoreaba en la puerta de entrada del extremadamente ponderado ICE, al que tanto poder se ha brindado desde que Trump reasumió como presidente.
Con el correr de los días, Kilmar Armando fue recapturado y, tal cual dijeron sus abogados, extorsionado para asumirse culpable de los nuevos cargos que se le imputan, todos asociados a la inmigración ilegal. Los letrados afirmaron que se le prometió que si lo hacía se le permitiría luego alojarse en Costa Rica, país que ha anticipado que está dispuesto a recibirlo como refugiado -no en una cárcel de máxima seguridad como el CECOT de Bukele-. De lo contrario, y esto sí se dijo públicamente, se lo deportará a Uganda. Sin embargo, de acuerdo al New York Times, esas solo fueron amenazas mediáticas del gobierno nortemaricano, ya que no se ha cursado ninguna petición oficial al gobierno africano.
Como se observa, la mixofobia -posición reaccionaria frente a la diversidad en las ciudades contemporáneas- se ha convertido en política de estado para las tendencias de la derecha mundial, primero con los refugiados y, con el más reciente mandato de Trump, Meloni y Orban, entre otros, con los migrantes pobres, para los Kilmar Armando Abrego García. Esas derechas, no sólo no retroceden o se aminoran ante los reveses judiciales o sus propias equivocaciones. Redoblan la apuesta. La reacción a ello, entonces, deberá cobrar los mismos visos de convicción recalcitrante.