10 08 sanlorenzo11A pocos minutos de la ciudad de Salta, una pequeña bodega se convirtió en el escenario de una historia que nació lejos de las grandes estructuras de la industria vitivinícola. Rodrigo Martearena, enólogo y sanlorenceño, decidió hace más de una década emprender un camino propio junto a su esposa, Lucía Figueroa. Lo que comenzó con unas pocas botellas, trabajo a mano y recursos mínimos se transformó en una propuesta de vinos artesanales que busca acercar la experiencia del vino a quienes no siempre tienen la posibilidad de viajar hasta los valles.

Hay historias que empiezan con una inversión, un edificio o una cosecha. La de Rodrigo Martearena comenzó con una decisión. Después de transitar distintos espacios del mundo vitivinícola, llegó el momento de dejar atrás una etapa y probar suerte con un proyecto propio. Su vínculo con el vino se construyó en distintos escenarios y durante tres temporadas estuvo ligado al Instituto Nacional de Vitivinicultura, en Cafayate. Allí conoció desde cerca el trabajo de control, pero también el universo de la producción y las dificultades que implica transformar una uva en una botella.

Cuando dejó el organismo, encontró en un grupo de amigos vinculados al vino la posibilidad de dar sus primeros pasos como productor. Eran cinco, entre sommeliers y enólogos, y durante dos o tres años elaboraron vino juntos. Aquella experiencia terminó por abrir una puerta. Pero había otra decisión que pesaba tanto como la profesional: “Yo también me quería venir a vivir a Salta, ya no quería seguir allá en los valles”, contó Rodrigo a Punto Uno. La elección de San Lorenzo, entonces, no fue solo una apuesta comercial. Fue también una elección de vida. Los primeros vinos, sin embargo, todavía nacieron en Cafayate. Durante los dos primeros años, la elaboración se repartió entre ambos lugares. La cosecha obligaba a viajar y permanecer en los valles durante buena parte del proceso, mientras la fermentación y el trabajo posterior exigían otra presencia prolongada.

10 08 sanlorenzo12En ese período apareció una figura clave: “Canguro” Cornejo, amigo personal y de la familia, quien le prestó una casa en Cafayate. Allí, en un espacio adaptado, Rodrigo instaló tanques, una fraccionadora y los elementos necesarios para comenzar a producir. No había grandes equipos ni una infraestructura diseñada para una bodega. Había voluntad, conocimiento y una buena dosis de improvisación. Al mismo tiempo, San Lorenzo empezaba a convertirse en algo más que un lugar de residencia. Allí se estaba gestando la futura bodega.

El primer registro de producción fue casi simbólico frente a las cifras actuales: unas 65 botellas. Al año siguiente llegaron alrededor de 300. Pero detrás de aquellas primeras botellas hubo una historia que poco tiene de sencilla.Una de las primeras cosechas fue una verdadera prueba de resistencia. Sin maquinaria específica, el equipo tuvo que realizar buena parte del trabajo con sus propias manos. Aquellas primeras experiencias marcaron el carácter de la bodega. Con el paso de las cosechas llegaron las primeras máquinas. Una despalilladora reemplazó parte del trabajo manual y se sumaron tanques, una prensa y, más adelante, equipamiento de acero inoxidable. El pequeño emprendimiento comenzó a tomar forma.

Pero si producir vino ya era una tarea compleja, hacerlo en San Lorenzo agregaba un desafío. La localidad se encuentra lejos de los principales centros de abastecimiento de insumos enológicos y, además, el clima y las condiciones de las rutas pueden complicar el traslado durante la época de cosecha.

Desde el punto de vista técnico, las dificultades eran muchas. Pero Rodrigo encontró allí una ventaja que terminaría por convertirse en una de las principales razones de ser de su proyecto: acercar el vino al turismo. La idea era sencilla y, a la vez, poderosa. Si Cafayate concentra buena parte de la identidad vitivinícola salteña, ¿por qué no llevar una experiencia enológica hasta las puertas de la capital provincial? La ubicación pasó así de ser una dificultad a transformarse en un atributo. La bodega permite acceder a una experiencia vinculada al vino a pocos minutos del centro de Salta. “Te puedo dar la experiencia a 7 minutos del centro”, resume.

Su filosofía se completa con una frase que define buena parte de su trabajo: “Tratamos de hacer vinos lo más natural posible, o sea, con la menor intervención”. Esa búsqueda también aparece en las técnicas de elaboración. El salteño no se conforma con repetir fórmulas conocidas. Por el contrario, encuentra parte de su identidad en explorar caminos menos transitados. “Agarrar y decir, bueno, hagamos lo que no se hace y dentro de mis posibilidades, o sea, de las posibilidades tecnológicas que uno tiene, tratar de llevarlo al límite y hacer lo que o no se hizo o es muy difícil de hacer. Esa es la idea. Hacer cosas nuevas.”

 

Propuestas

Entre sus propuestas aparece un torrontés natural elaborado mediante maceración carbónica, un método en el que los racimos permanecen enteros dentro del tanque y el proceso ocurre en una atmósfera libre de oxígeno. El resultado, según explica el propio enólogo, es un vino seco, de bajo alcohol y baja acidez.

La degustación es otro de los pilares del proyecto. La visita no se limita a beber una copa. Busca convertirse en una experiencia alrededor del vino, la comida y la conversación.

Durante los meses de mayor temperatura también aparece la posibilidad de realizar encuentros nocturnos. El asado, las copas y la conversación se integran a una experiencia que intenta recuperar algo esencial del vino: su capacidad para reunir a las personas alrededor de una mesa.

 

Todo a pulmón

Rodrigo trabaja sin empleados y sostiene buena parte de la estructura con sus propias manos. Aumentar la producción implicaría también incrementar el capital necesario para afrontar cada cosecha.“No todo es color de rosas, digamos”, reconoce.

El vino, detrás de su imagen elegante, sigue teniendo una raíz de campo. Una granizada, una helada tardía, una sequía o un exceso de agua pueden cambiar el destino de una cosecha.

Esa incertidumbre también explica por qué el proyecto necesita paciencia. Durante los primeros años, recuerda Rodrigo, el emprendimiento significó invertir una y otra vez sin obtener ganancias. Y en ese camino el papel de Lucía Figueroa, su esposa, fue decisivo. “Ella juega el rol más importante de todo, que es apoyarme y bancarme con toda esta locura”, dice.

La frase resume una parte de la historia que no aparece en las etiquetas ni en las copas. Detrás de la bodega hay una familia que decidió apostar por un proyecto cuyo resultado no estaba garantizado. Más de una década después, Rodrigo mira hacia adelante sin perder de vista el origen. Su deseo para los próximos cinco años es ampliar la superficie construida y fortalecer la infraestructura para recibir a turistas y salteños.