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A unos 100 kilómetros de la capital y tras dejar atrás la inmensidad del Dique Cabra Corral en la localidad de Coronel Moldes, la tierra se abre de forma abrupta. El Río Juramento labra desde hace millones de años una monumental hendidura rocosa que funciona como una ventana al tiempo profundo.

Ingresar al Cañón del Juramento equivale a navegar por el fondo de un antiguo mar continental y por las playas del periodo Cretácico. La geología del lugar regala lecturas fascinantes para el ojo atento. Entre sus fenómenos más destacados se observan los valles fósiles colgados, testimonios formidables de la dinámica del relieve terrestre. Estas estructuras, que quedaron suspendidas en las laderas por encima del cauce actual, representan la mejor evidencia visual de cómo los ríos se profundizan a medida que cambian sus niveles de base erosivos con el discurrir de las eras.

Justo al frente del valle colgado más impactante y vistoso de la quebrada comienzan las actividades de navegación tranquila. Es el punto de partida de las flotadas en kayak que organiza Sentio Camps, permitiendo a los visitantes deslizarse con calma sobre espejos de agua que reflejan la inmensidad de las paredes de piedra.

El paisaje rocoso exhibe una paleta cromática singular donde capas sedimentarias rojas y amarillas cuentan historias de más de 65 millones de años. En estos estratos se hallan huellas fosilizadas de dinosaurios que caminaron por antiguas costas, acompañadas por playas fósiles de estromatolitos. Estos últimos, estructuras compuestas por microorganismos primitivos y algas fotosintéticas, constituyen uno de los registros de vida más remotos del planeta y aportan un valor científico invaluable a la travesía.

 

A la riqueza natural se le suma la oferta de deportes de aventura, donde el Cañón del Juramento se consolida como uno de los epicentros de turismo activo más importantes del norte argentino. El tramo del río ofrece una dualidad perfecta: secciones de aguas calmas ideales para el remo relajado y un recorrido de unos 12 kilómetros con rápidos de clase II y III que encienden la adrenalina mediante el rafting.

 

Las empresas que operan en la zona despliegan la actividad en un marco de estricto profesionalismo, con guías altamente capacitados y equipamiento de seguridad homologado. Durante el descenso entre imponentes paredones, los guías combinan las instrucciones técnicas de remo con interpretaciones del entorno, señalando las pisadas fósiles y la flora autóctona mientras la corriente empuja la embarcación.

 

El umbral precolombino

Más allá de la geología y el deporte náutico, el área atesora un patrimonio arqueológico que revela la presencia de sociedades indígenas milenarias. La puerta de ingreso al Valle del Cóndor y La Bodega recibe a los viajeros con un testimonio prehispánico extraordinario. Allí se ubican grandes bloques tabulares de rocas calcáreas, piezas de varias toneladas de peso que fueron acomodadas de forma cuidadosa por comunidades originarias antiguas para configurar una especie de mesada con peldaños.

Los científicos deducen que estos colosos de piedra fueron arrastrados por potentes avenidas de agua en tiempos lejanos y luego ordenados intencionalmente como megalitos con fines ceremoniales y rituales. El transcurso de los siglos sobre estos bloques queda al descubierto mediante las marcadas huellas de erosión kárstica, visibles en las finas aristas y filos de lapiaz que esculpen sus bordes.

En la mesada superior de este altar de piedra se aprecian numerosos morteros tallados. La investigación arqueológica sugiere su uso para moler granos de alimentos o para la preparación de sustancias alucinógenas basadas en el cebil (Anadenanthera colubrina), un árbol muy abundante en los bosques del monte circundante. La inhalación del polvo de cebil jugaba un rol central en la cosmovisión andina, pues permitía a los chamanes entrar en trance para transformarse en jaguares espirituales. La trascendencia de esta práctica en las redes comerciales prehispánicas quedó demostrada tras el hallazgo de vestigios de cebil provenientes del Valle de Lerma en el oasis chileno de San Pedro de Atacama. Las numerosas representaciones de arte rupestre distribuidas en la comarca plasman esta transformación chamánica.

 

Este cañón, dominado por farallones de tonalidades extremas que van del rojo encendido al amarillo calizo, resguarda entre sus paredes un testimonio inigualable de la historia geológica, arqueológica y cultural.

 

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