Por Mario Casalla
(Especial para Punto Uno)
No hace mucho trajimos al diálogo con usted, amigo lector, la obra poética de Federico García Lorca, perseguido y fusilado por la dictadura franquista. Nos permitimos ahora acercar aquí a la figura de otro gran poeta, Antonio Machado.
Sevillano en este caso, profesor de filosofía y de francés, también perseguido por la dictadura franquista, logró atravesar los Pirineos y llegar a Francia con su madre, falleciendo ambos al poco tiempo de llegar. Como verá, las dictaduras son crueles y matan, cada una a su manera y según su tiempo.
En el caso de Machado quisiéramos marcar su relación con lo sagrado, a pesar de ser Machado un republicano y por ende formalmente ateo, pero lo Sagrado es algo mucho más amplio y anterior a lo Religioso. Más aún, es connatural al hombre en cuanto tal. En algún rincón de nuestro espíritu está allí esperando y llegado el momento aflora.
Si en verdad queremos plantear el problema de lo Sagrado, en este momento de la civilización contemporánea (donde las tecnociencias y el discurso capitalista parecen haberse hecho cargo de todo), la razón poética de Machado es un excelente mirador. Esto porque las razones de la metafísica consumada y de las teologías racionales resultan hoy tan pueriles, que no es precisamente en ellas donde tomaremos impulso para ir hacia la cuestión de Dios.
Hay que buscar por fuera de tales márgenes y –en esa dirección- el pensamiento poético de Antonio Machado hace señas interesantes. Además, apúntese que no era Machado precisamente lo que llamaríamos un hombre de la Iglesia, pero tampoco un ateo o un teísta al uso.
Era más bien otro “loco” que busca a Dios; alguien que llama con el mismo “sentimiento trágico” que Unamuno, o con la misma desesperación que pone Pessoa en boca de Álvaro de Campos, quien “cantó la canción del infinito en un gallinero y oyó la voz de Dios en un pozo tapado…”. Pero sabe también Machado –junto a Pessoa- que “El que no haya Dios, es un Dios también…”.
Y fue así un intelectual capaz de comprometerse y jugar en el damero de su época. Su apoyo al gobierno de la República española lo pagó con el exilio y la muerte. Sus restos todavía están en el cementerio de Collioure (Francia), adonde llegó sin papeles, en trágica caravana de fugitivos cruzando los Pirineos nevados y con su madre de 85 años literalmente a cuestas. El 22 de febrero de 1939 –a menos de un mes de haber llegado y tres días después de la muerte de su madre- lo encontraron muerto en un cuarto de pensión y con un verso inconcluso en el bolsillo que simplemente decía: “En esos días azules y este sol de la infancia…”.
Tres cantares a Miguel de Unamuno
Con el nombre de “Tres Cantares” titula Machado un poema breve que enviará a Miguel de Unamuno en 1913. Tomaremos ese texto como nuestro punto de partida. Primer cantar: “Señor, me cansa la vida, tengo la garganta ronca de gritar sobre los mares, la voz de la mar me asorda. Señor, me cansa la vida y el universo me ahoga. Señor, me dejaste solo, solo, con el mar a solas”. Segundo cantar: “O tú y yo jugando estamos al escondite, Señor, o la voz con que te llamo es tu voz”. Tercer cantar: “Por todas partes te busco sin encontrarte jamás, y en todas partes te encuentro sólo por irte a buscar”.
Así vemos que la presencia de Dios y lo Sagrado (que es al mismo tiempo “ausencia”) en el pensamiento de Machado, surge de una clara actitud existencial y no de alguna postura filosófica o teológica previa que luego se expresaría como “sentimiento religioso” (más o menos íntimo). Al contrario, se trata de una desesperación y de un frenesí igual que el “loco” de Nietzsche, que buscaba a Dios en pleno día con un farol encendido y ante la burla de todos.
Es entonces una búsqueda de Dios, no en cualquier momento y lugar, sino precisamente en éste: en tiempos de esta modernidad agotada, donde Dios parece haber devenido un trasto inútil (resabio de viejos irracionalismos), o bien la “ilusión” de un hombre enajenado, o bien un amable y hasta saludable rito dominical.
En estas condiciones, buscar a Dios sería un anacronismo inintelectual, o una postura (muy) políticamente incorrecta. Quienes buscan en tales condiciones claman en el desierto (Nietzsche), o se cansan de gritar junto al mar y enronquecen, como sucede en este texto de Machado: “Señor me cansa la vida,/ tengo la garganta ronca/ de gritar sobres los mares…/ el universo me ahoga”). Lo que sobreviene es entonces la peor de todas las soledades, la soledad del padre que, al cancelar la primera filiación, suprime de un tajo todos los otros posibles. Quien es hijo de nadie, no tiene hermanos: situación terrible que el psicoanálisis, la antropología y la teología contemporánea (la de la “muerte de Dios”) han registrado en sus respectivos discursos.
“Señor, me dejaste solo/ solo, con la mar a solas”, soledad del padre que ni Jesucristo pudo soportar en la cruz, sin aquel grito desgarrador en la novena hora: “Padre, ¿por qué me has abandonado?”. Si el abandono de la madre equivale a la muerte, el del padre es condena peor y más larga: una vida infinitamente sin hermanos, ni sentidos profundos.
Sin embargo, esta ausencia del padre no es una “nada” sino, por el contrario, una presencia muy activa puesto que -aún en el dolor del desgarramiento- “hace” mundo y hombre a su manera. Somos sin padre y ser así marca nuestro estar como búsqueda. Vivir en tiempos de esta modernidad consumada implica estructuralmente esa forma de existencia, el sin padre. Acaso por esto el frenesí y la velocidad nos rodean por todas partes ya que –como bien decía Goethe- “Nunca se llega tan lejos, como cuando ya no sabemos adónde vamos”.
Machado sí sabe que Dios juega a las escondidas con nosotros y encuentra –precisamente en ese ocultamiento- una figura muy determinada de la presencia: la que opera por ausencia y “falta”, es Logos de Heráclito (esa verdad que no es todavía no devenido mera razón) que Machado conoce muy bien como filósofo y cantará a la vez como poeta. Aquí y ahora Dios es “verdadero” de esa manera: ausente y a la vez convocante, un juego de escondidas que poco tiene que ver con aquella otrora serena conversación entre el Creador y sus criaturas, de épocas sin dudas más fáciles y menos complicadas pero que ya no regresarán.
No se trata ahora de “ese Jesús del madero, sino del que anduvo en la mar” y – peor aún- ese “mar” nos ha abandonado y andamos sordos y buscándolo entre las brumas. En esa Soledad (de todas las soledades), “…tú y yo jugando estamos al escondite, Señor”, dirá el poeta.
Para comprender mejor esta situación, es menester decir aunque más no sea dos palabras sobre la metáfora del mar en el pensamiento poético de Machado.
El mar, campo de batalla terrestre
Por cierto no se trata simplemente de agua, de olas y de costas. El mar (de manera simbólica) representa centralmente el enigma de este mundo y el campo de batalla de la existencia humana; en este sentido se contrapone al mundo divino y a Dios. Tres versos de la serie “Proverbios y Cantares” (escritos también 1913) plantean lo central de esa metáfora del mar. Respecto del mar como enigma, nos dice: “Cantad conmigo a coro: saber, nada sabemos de arcano mar venimos, a ignota mar iremos… Y entre los dos misterios está el enigma grave; tres arcas cierran una desconocida llave. La luz nada ilumina y el sabio nada enseña. ¿Qué dice la palabra? ¿Qué el agua de la peña?”.
En cuanto al mar como campo de batalla, Machado agrega: “Todo hombre tiene dos batallas que pelear: en sueños lucha con Dios y despierto con el mar”. Combate existencial de pronóstico reservado, pero que también hace del hombre un émulo (“complementario”) de aquél que se le oculta: “¿Para qué llamar caminos a los surcos del azar? Todo el que camina anda como Jesús sobre el mar?”.
Tan fuerte es esta metáfora del mar en el pensamiento de Machado (como horizonte y agonía de lo humano) que recurre también a ella para explicar poéticamente su linaje personal. Hay un texto de su “complementario” Juan de Mairena, donde se narra esta historia bellamente fantástica: “Otro acontecimiento, también importante de mi vida es anterior a mi nacimiento. Y fue que unos delfines, equivocando su camino y a favor de marea, se habían adentrado por el Guadalquivir, llegando hasta Sevilla. De toda la ciudad acudió mucha gente, atraída por el insólito espectáculo, a la orilla del río, damitas y galanes, entre ellos los que fueron mis padres, que allí se vieron por vez primera. Fue una tarde de sol, que yo he creído o he soñado recordar alguna vez”.
Este breve texto -que incita también a una lectura psicoanalítica, en paralelo enriquecido con la poética y filosófica- evoca a la vez la enorme fuerza nutricia del mar, así como esa soledad de todas las soledades que nos aguarda también en él. Mar sobre el que alguna vez caminó Cristo y que hoy -en sus orillas- habita un hombre solo, sordo y con la garganta ronca de llamar. Sin embargo, es en ese mismo mar profundo y desolado donde Dios que juega a las escondidas, hace sus primeras “señas” al hombre que lo busca. En los dos últimos -de esos “Tres Cantares” a Miguel de Unamuno que estábamos viendo -el introito desgarrador del primero se troca luego en esperanza, bajo la forma de la duda (otro recurso muy preferido por Machado): “…o la voz que llamo es tu voz… y en todas partes te encuentro/ sólo por irte a buscar”. Invocar a Dios en tiempos de la modernidad consumada, es jugar ese juego de espejos invisibles. Juego donde lo invocado está presente en la voz afónica que lo invoca y donde –paradójicamente- se lo encuentra porque se deja de buscar una “cosa” (un ente llamado Dios, o como se la quiera llamar, pero siempre una cosa ligada a un nombre, advierte que Dios no es precisamente una cosa y que no dice, sino que habla, que es ante todo una voz) para así poder revivir la experiencia de lo sagrado. Experiencia de la cual brotará luego lo divino y después un “Dios” que -siempre ambiguamente y a medias- lo represente.
Si no comprendemos esta profunda diferencia y -a su vez- la mutua imbricación de estos tres órdenes jerárquicos (lo sagrado, lo divino, el Dios), confundiremos la “muerte de Dios” (efectivamente concretada en el curso de la modernidad, como Nietzsche lo denunciara) con la liquidación de la religión (que apunta a lo divino del Dios y, a través de ello, a lo sagrado). Si el “tema de Dios” repercute aún entre nosotros, no es porque todavía haya creyentes e iglesias abiertas, sino también a pesar de eso. El Dios revelado es consecuencia de la vigencia de lo Sagrado y no a la inversa. Es más bien porque ese “resto” inagotable de lo sagrado insiste en presentarse, provocando así un desajuste estructural (e insoportable) con ese “Dios” (racional y portátil) que la modernidad consumada ofrece en su amplio mercado de la creencias (para todos los gustos y necesidades humanas) al mismo tiempo que busca rechazar sin más todo aquello que remita a lo sagrado (de aquí en más, resabio de “irracionalidad” que el nuevo catecismo tecnocientífico ataca con tanta fruición como ineficacia).
Lo sagrado insiste y al parecer ninguno de los dioses del capitalismo tardío (ni sus múltiples iglesias de Internet) están a su altura ni –mucho menos- atentos a su demanda. Transformado Dios así en un “objeto” más del mercado y a pesar del debido respeto que urbanamente suele predicarse, no es buen negocio poner hoy una santería.

Mario Casalla
Antonio Marocco
Franco Hessling Herrera
Mario Casalla