08 08 casallaMario Casalla
(
Especial para Punto Uno)

Dentro de la vasta obra de don Arturo Jauretche, su Manual de Zonceras Agentinas, brilla con luz propia. Lo compré en la Librería Salta, de calle Caseros, en 1971 y me atrapó enseguida. Releído ahora, 55 años después, me sorprende con su renovada actualidad.

La primera de esas zonceras, recuerda la frase de Sarmienten en su Facundo: “El mal que aqueja a la República Argentina es su extensión” y de inmediato explica, “no somos zonzos, nos hacen zonzos, para que no seamos grandes”.

Pero claro, interpretar la extensión como un mal es cosa de locos: “En ningún país ha regido como principio que la extensión en si sea un mal, por el contrario, el principio ha sido el inverso, pues el mal consiste en la falta de extensión”.

Para que esto suceda así es necesario que la “colonización pedagógica” se haya apoderado de nuestras cabezas porque sabido es que el pez se pudre desde la cabeza. Pero volvamos al joven Jauretche (Polo) que en 1927 llega a Salta.

 

La batalla yrigoyenista

Llegó por tren a Salta -previa escala política en Santiago del Estero- en noviembre de 1927, para participar de las elecciones de gobernador que tuvieron lugar el 4 de diciembre de ese mismo año. Vino a hacer campaña por la fórmula de la Unión Cívica Radical, que entonces encabezaba Julio Cornejo, la cual a la postre resultó triunfante en aquellos comicios.

Recordaba los números casi de memoria: 9605 votos para la UCR, contra 9247 de la Unión Provincial. Ajustadísima, pero había sido “su” primera victoria política; algo fundamental porque el grupo de jóvenes bonaerenses que venían al NOA a ayudar en las elecciones de gobernadores (de Salta, Santiago del Estero y Tucumán) había sido comisionado en persona por el mismísimo Hipólito Yrigoyen, quien los recibió y arengó en su mítica casona de la calle Brasil.

Pero antes de relatar esa aventura salteña de Jauretche, permítaseme dar un panorama del contexto político nacional en que se desenvolvía el segundo acto del drama yrigoyenista.

Siete meses antes de ese viaje a Salta, en Buenos Aires el alvearismo había consumado su deserción ideológica, aliándose con sus tradicionales adversarios: el enemigo había dejado de ser el régimen (“falaz y descreído”), para ocupar ese lugar el “personalismo de Yrigoyen”. Por eso, “para salvar a la nación de la siniestra amenaza” –como dicen en su documento fundacional- se crea la Confederación de la Derecha, que concentrará todas sus fuerzas en la fórmula antipersonalista de un Frente Único. Así por invitación de Julito Roca, presidente del Partido Demócrata de Buenos Aires, se reúne el alvearismo radical con representantes de los conservadores bonaerenses y sanjuaninos, los autonomistas de Corrientes, los liberales de San Luis, Mendoza y Tucumán y los provincialistas de Salta, siendo éste un antecedente de la “Unión Democrática” de 1946.

Poco después la convención antipersonalista de la UCR –con la intervención directa del entonces presidente de la República, Marcelo T. de Alvear- consagra, el 27 de abril de 1927, la fórmula “antipersonalista”: Vicente Gallo-Leopoldo Melo, apresuradamente bautizada como “fórmula de la victoria”.

Yrigoyen como siempre, observaba estoicamente desde su piecita en la calle Brasil –esa misma donde, durante la primera presidencia, citaba a sus ministros y les convidaba con cerveza y algún que otro fiambre-, pero sabía que las elecciones a gobernador serían claves. Operarían como bola de nieve, en una u otra dirección. En este contexto había que ganar Salta en los comicios de diciembre del 27 y después Tucumán, al mes siguiente. Y esa fue la segunda vez en que don Arturo Jauretche estuvo delante de Hipólito Yrigoyen. El nuevo grupo de jóvenes que lo visita en 1927 (de entre ellos Arturo ya era una figura en “La Décima Radical”), salen cautivados por don Hipólito y dispuestos a viajar al norte para ganar las elecciones.

 

Salta no era una fiesta

No era Salta una provincia precisamente yrigoyenista. Mientras Yrigoyen era gobierno nacional, en Salta gobernaba Abraham Cornejo, retomando un largo ciclo conservador iniciado por el emblemático Robustiano Patrón Costas en 1913.

Pero el gobierno de Cornejo no llegó a buen puerto. Yrigoyen intervino la provincia en 1918, designado interventor federal a Emilio Giménez Zapiola. En ocho meses Salta tuvo tres interventores federales, el último de los cuales llama a elecciones, ganando el radical Joaquín Castellanos. Pero la estabilidad política provincial –tensionada entre radicales y conservadores- estaba lejos de lograrse. Castellanos pide licencia a los dos días de asumir, luego retoma el mando y tras cartón pide una nueva y más prolongada licencia, períodos en los que es sustituido por el presidente del Senado provincial Juan B. Peñalba.

En 1921 Castellanos renuncia, en medio de la instauración de su juicio político promovido por los conservadores. Yrigoyen no se amilana y vuelve a intervenir la provincia, designando Interventor Federal a Arturo Torino, quien convoca a elecciones que vuelven a ganar los radicales. Adolfo Güemes es elegido gobernador, lo hace por tres años y el 1 de mayo de 1925 debe entregar el mando a un nuevo conservador que ha ganado las elecciones: Joaquín Corbalán, quien gobernará Salta con mano dura hasta el 1° de mayo de 1928, en que cederá el gobierno al radical Julio Cornejo, hasta la revolución militar del 6 de septiembre de 1930.

Para trabajar a favor de esta candidatura radical, viajó a Salta en noviembre de 1927 el joven Arturo Jauretche. En el anochecer porteño de 1974 -poco después de la muerte del presidente Juan D. Perón y en el prólogo infausto de lo que vendría-, don Arturo, ya maduro, recordaba las vivencias de aquél joven de 27 años, de militancia política en Salta.

Lo escuchaba yo con total atención y al regresar entonces a mi casa salteña, pude comprobar en mi biblioteca aquello que había escuchado –hilvanadas de otro modo y contadas por el propio autor- cosas que fueron transcriptas, circunstancialmente, en varias de sus obras, además de otras que no había leído antes.

Con todas estas vivencias salteñas bulléndole en la cabeza y con la alegría de los triunfos radicales en Salta y Jujuy, el joven Jauretche vuelve a Buenos Aires y retoma sus siempre descuidados estudios de Derecho. Ese mismo mes, más concretamente el 24 de marzo de 1928, en un acto realizado en el teatro de la Opera de Buenos Aires, la convención del radicalismo yrigoyenista proclama la otra fórmula presidencial Hipólito Yrigoyen-Francisco Beiró.

El domingo 1° de abril de ese mismo año, el yrigoyenismo duplica en las urnas a la supuesta “fórmula de la victoria”: la UCR saca 838.583 votos, correspondientes a 245 electores, mientras que la Confederación de la Derecha (Melo-Gallo) sólo consigue 414026 votos, es decir 71 electores. Estaba tan seguro don Hipólito de su victoria que, apenas proclamada la fórmula, mandó una nota a la Sociedad de Beneficencia donando sus sueldos como presidente de la Nación “a favor del infortunio desvalido y de la pobreza sin amparo”, igual que durante los seis años de su primera presidencia.

El joven Jauretche volvió a derramar una lágrima, igual que cuando Adolfo y Luis Güemes le contaron el sentido profundo del “fuero gaucho”. Al parecer, fue paseando por la quebrada de Lesser que le explicaron ese otro Güemes, ocultado por la historia oficial. Le reacción de don Arturo fue directa: “Después se preguntan porque el gaucho apoyó a los caudillos ¡Qué civilización o barbarie y qué niño muerto! El caudillo era el sindicato del gaucho”.