06 19 ezeiza

Jorge Villazón

El gran Enrique Santos Discépolo (Discepolin) decía "¿A mí me la vas a contar?" frente al micrófono de Radio Nacional en 1951 (el año en que yo nací), dirigiéndose a su famoso personaje imaginario: "Mordisquito", al que él personalizaba como opositor al peronismo. Hoy tomó su frase casi en el mismo sentido.

Como habíamos llegado desde 25 de Mayo (Pcia. de Buenos Aires) hasta la Estación Ezeiza del Ferrocarril Mitre con la Juventud Peronista, caminamos hasta el Puente 12 por la Ruta Provincial 205. Llegamos por detrás del palco armado sobre el Puente 12 de la Avenida Ricchieri y lo rodeamos hasta quedar al frente, a solo 50 metros del escenario. Pensábamos que estábamos en un lugar privilegiado. Recordemos que la organización del acto estaba a cargo de una comisión Organizadora y de Seguridad, conformada por José López Rega: Ministro de Bienestar Social y Coordinador General del operativo de retorno; Jorge Manuel Osinde: Teniente Coronel retirado y secretario de Deportes y Turismo, encargado directo de la seguridad del acto y de la custodia del palco oficial; Norma Kennedy: representante de la Rama Femenina del Movimiento Peronista y figura clave en la organización logística; Juan Manuel Abal Medina: Secretario general del Movimiento Nacional Justicialista; José Ignacio Rucci y Lorenzo Miguel: Líderes de la CGT y de las 62 Organizaciones Peronistas, responsables de la movilización sindical. La Juventud Peronista no tenía representantes en la organización.

Aproximadamente a las 15:30, Leonardo Favio, que tenía a cargo la locución del acto, pidió que “para que la televisión de Alemania pudiera filmar a la multitud presente, se bajen las pancartas y banderas”. Casi todos lo hicimos (“pobres angelitos”), menos los que estaban con una inmensa pancarta del ERP 22 DE AGOSTO, que se desplegaba a la izquierda, vista desde el palco y los que portaban la de MONTONEROS que estaba de frente al palco y que pujaban para llegar a la primera fila.

En ese momento comenzó el tiroteo, desde el palco hacia las pancartas nombradas y sobre los que venían detrás de ellas. Yo estaba en un lugar donde las balas silbaban sobre nuestras cabezas y pude ver, con certeza, desde dónde se disparaban. Toda la gran balacera llegó desde el palco y por detrás aparecieron varios con ametralladoras de las que usaba la Policía Federal. Hubo algunos tiroteos cuerpo a cuerpo. Desde la lomada que estaba a nuestra derecha, apareció un hombre joven que caminaba entre nosotros, con una de esas armas, sin mirarnos y con la vista puesta en el grupo del ERP 22 DE AGOSTO.

De pronto, uno que estaba tirado en el piso lo dejó pasar y se paró atrás con una gruesa cadena con la que le pegó en la cabeza y lo volteo. Cuando me acerqué escuché que balbuceaba, “¡nos equivocamos!”, decía. Cuando hurgaron el bolsillo interno izquierdo de su saco marrón, apareció una credencial, con su foto de la UOCRA (Unión Obrera de la Construcción de la República Argentina). Al momento, cuando todo se estaba volviendo demasiado violento, decidí volver con mi grupo y allí ví como “izaban” a un muchacho hacia el palco por los pelos. Luego me enteré, por un relato de Leonardo Favio, que a los que “capturaban” los sometían a torturas para interrogarlos y él tuvo que amenazar con suicidarse para que dejaran de hacerlo. También vi como paraban a una ambulancia, hacían bajar al conductor, abrían las puertas traseras y balearon el interior. Recuerdo que los balazos salían por el techo y los cristales laterales.

Desde una lomada que lindaba con el campo y un edificio que parecía una escuela, llegaba un Dodge Polara color amarillento, descendían tres hombres armados y se dirigían hacia el sector donde estábamos nosotros. Alguien se puso de pie y preguntó si “íbamos a dejar que nos mataran o los enfrentamos, como fuera”. De un momento a otro, miles nos pusimos de pie y, como una “estampida” humana, a los gritos, tirando piedras si las encontrábamos en el camino y con nuestros brazos alzados, logramos que los que nos estaban amenazando se escaparan corriendo, sin disparar y abandonando el automóvil, el que fue incendiado de inmediato. Fue cuando todos volvíamos para saber qué estaba pasando con el acto, y nosotros, particularmente, para recuperar el bombo que traíamos desde “25” (lo encontramos apoyado en un árbol).

Vimos en el escenario, entre las gigantografías de Evita y de Perón que permanecían intactas, a dos muchachos que parecían mellizos, con camperas verdes holgadas, que con sus dos manos en alto hacían la V de la victoria y al medio de ellos el gendarme Reynaldo Menta, de traje y corbata, blandiendo un fusil automático sobre su cabeza.

Perón ya no vendría, la multitud se disolvía en silencio y el peronismo crujía mientras se rompía desde adentro.