08 18 casallaPor Mario Casalla
(Especial para Punto Uno)

En estos días cuando han finalizado los Juegos Olímpicos en París, la ciudad se puso más deslumbrante que de costumbre para recibir atletas de todo el mundo.

La bandera tricolor francesa y el gallo (le coq) que se utilizó como símbolo, al son de su himno nacional (La Marsellesa) estuvo en todas partes y especialmente en cada lugar que actuaban los atletas franceses.

Antes lo habían hecho en el brillante desfile inaugural donde la Ciudad Luz brilló con todo su esplendor. Justo es reconocerlo. Sin embargo, poco se sabe que Haití –hoy acaso el país más pobre y políticamente más inestable de toda América- al son de esa misma Marsellesa se liberó de los franceses que ocupaban su territorio. La revolución haitiana fue un largo movimiento revolucionario (1791-1804) que precedió los movimientos de independencia de Hispanoamérica y culminó con la abolición de la esclavitud en la colonia francesa de Saint-Domingue y la proclamación del Primer Imperio de Haití.

Las tropas coloniales francesas fueron derrotadas y así Haití y Santo Domingo fueron el sitio donde se produjo la única rebelión de esclavos exitosa de la historia, además de ser una de las revoluciones más radicales.

Un colombiano ilustre ​

Debemos al colombiano Germán Arciniegas una de las mejores descripciones del ambiente caribeño, su geografía, su historia, su color y sus gentes. Ese libro se llamó Biografía del Caribe y su primera edición vio la luz en 1944.

Hoy, más de medio siglo después, puede leerse con total placer y con igual provecho, cosa que no puede decirse de muchos otros libros de su misma especie. Es que fue “el maestro Arciniegas” –como respetuosamente lo llamaba su pueblo- un historiador pionero en casi todo; un verdadero iniciador en América latina, de lo que décadas después terminaría llamándose historia cotidiana, de costumbres, de ideas, de la vida privada, términos todos ellos con que se busca aludir a formas de relato que aprecian aquellos hechos que las historiografías, más o menos oficiales, no desarrollan o directamente pasan por alto. Esto le da a su obra ese gusto especial que destila el ensayo histórico, cuando se combina con la novela de época y todo en un ritmo de relato casi presencial.

Murió en Bogotá, justo una semana antes de cumplir cien años, el 1º de diciembre de 1999; nacido en 1899, por poco hubiera sido hombre de tres siglos.

Dos veces ministro de Educación de Colombia, embajador ante la Santa Sede y académico de la Lengua y de la Historia, don Germán nos lega sesenta libros escritos y unos quince mil artículos periodísticos, la mayoría de los cuales están referidos a la historia de América latina, su auténtica pasión. Compartiendo o no sus puntos de vista, lo cierto es que constituyen una fuente insoslayable de conocimiento y de sorpresas.

La revolución negra

Precisamente de su “Biografía del Caribe” extraemos estos párrafos sobre la dura vida de los esclavos antillanos en el siglo XVIII.

Contaba al respecto Arciniegas: “En las calles del París de las Antillas (Haití) suele azotarse a los negros. En las heridas se les echa limón y sal, para que no gangrenen. A una cocinera se le quema un bizcocho en el horno: la dueña de casa pasa a la cocina para reprender esta falta que le hará pasar una vergüenza con sus invitados: -Echen esa negra a la estufa- dice a las otras, y, mientras la cocinera perece frente a las brasas, la señora regresa a atender a sus relaciones con toda etiqueta y compostura. En los campos, por faltas menores, se entierra vivos a los negros dejándoles afuera la cabeza y echándoles miel para que vengan las hormigas y terminen el trabajo. Es claro que nadie hace a gusto estas cosas. Un negro cuesta dinero, y perderlo es como quemar una cosa. Pero hay que hacerlo así, porque sólo de este modo se mantiene la moral de los demás. Cuando las señoras van al mercado, donde los negreros sacan de los barcos su mercancía, examinan cada esclavo tocándolo en todas sus partes. Luego, para no dejar una expresión de familiaridad le escupen a la cara. Negro que se compra, negro que se marca con el fierro, y enseguida al trabajo. Traer los negros del África es un problema. Se rebelan en los corrales de las naves. No queda otro recurso sino asegurarlos con hierros en camas largas como mostradores, de donde se les saca encadenados una vez al día. Para ganar espacio, a veces se les pone tan juntos que no pueden acostarse sino de lado “como cucharas”. Los muy bestias tienen una rara propensión al suicidio. A veces les obligan a bailar, sobre cubierta, para distraer al capitán, y los más ágiles saltan por la borda y se tiran al mar.

El fantástico negro mackandal

El negro Mackandal tramó una vez una revuelta. Era un orador estupendo. Hablaba con el diablo. En los montes se oía sonar el tambor del Vudú y, a la luz de las antorchas, bailaban las negras danzas indecentes. Al negro Mackandal le adoraban. Todas las negras se enamoraban de él como si les diera a tomar bebedizo. El negro era manco, y accionando parecía una sombra mutilada de infierno: en una lengua de todos los demonios decía las cosas más espantosas. “Vamos a acabar con los blancos”, propuso una noche en el Vudú. En un mismo día, en cada hacienda se envenenarán los pozos, prenderemos fuego a las casas, descuartizaremos a blancas y blancos, y no habrá más azores, ni más amos, ni esclavos. Pero la cosa se supo y Mackandal fue quemado vivo. Pero quedó flotando en el aire el poema que en “alejandrinos salvajes” había declamado Mackandal en el Vudú, el primer himno a la libertad, un himno feroz, que termina diciendo cómo Dios clama venganza contra los blancos que han hecho padecer y llorar a los negros y sabrá escuchar el llamado de los negros que piden por su liberación:

Bon Dieu que fait soleil, Qui claire nous en haut,/ Que souleve la mer,/ Qui fait l’orage gronder./ Jetez portraits Diu blanc/ Qui soit d’leau dans vers nous/ Coutez la libertè qui nan coeur à nous tous!...

Es La Marsellesa que, en francés criollo (“creole”), inventó el negro Mackandal cuarenta años antes de que los franceses tomaran la Bastilla. En castellano dice aproximadamente así: Buen Dios que hace el sol/ Quien nos limpia arriba, lo que levanta el mar/ ¿Quién hace rugir la tormenta...? Tira retratos de Dioses blancos/ ¿Quién es el agua hacia nosotros?/ ¡Escucha la libertad que hay en el corazón de todos nosotros!..