Por Antonio Marocco
Es comprensible y completamente válido que haya vecinos de a pie, dirigentes políticos, legisladores y hasta presidentes que estén en contra de las políticas de inclusión social.
También puedo entender si deciden estar en contra de la industria nacional, de la salud y la educación pública, incluso entiendo hasta si están en contra de la soberanía sobre nuestros recursos naturales.
Están en su derecho de aceptar, sobre todo si los beneficia, que haya argentinos condenados a la miseria por el simple hecho de haber nacido en una tierra o en una familia sumida en la pobreza.
Puedo entender estas posiciones neoliberales e individualistas, aunque me resulten política e ideológicamente objetables. En definitiva, nada nos obliga a abrazar el humanismo y la solidaridad social más que nuestra moral, la ética de la responsabilidad y los valores que aprendimos en la casa, en la escuela o con los afectos que nos marcaron el camino.
Puedo entender la deshumanización porque los años me han enseñado que no todos en la vida quieren lo mejor para los demás.
No todos están convencidos de que la sociedad, para ser mejor y prosperar, debe ser justa, libre y garantizar la igualdad de oportunidades para todos. Hay quienes hacen negocios con la guerra, lo sabemos, pero también hay quienes hacen negocios con la miseria, con la pobreza y con la desesperación de las naciones.
Ahora bien, comprendiendo que bajo el paraguas de la democracia liberal pueden gobernar expresiones políticas de lo más variadas y contradictorias, hay cosas que son inadmisibles. No se puede hacer o decir cualquier cosa.
El país entero después de un baño de sangre atroz dijo Nunca Más. Entonces ¿cómo calificar esa operación clandestina que intentaron montar un puñado de legisladores para excarcelar y liberar a los genocidas que persiguieron, censuraron, mataron, torturaron, desaparecieron y se apropiaron de bebés recién nacidos?
Decir que fue una inmoralidad reñida con la función pública es poco. Podrán explicarlo de mil maneras, pero queda claro lo que pretenden. Y eso no es democrático, ni libertario, ni nada que pueda tener cabida en un Estado de Derecho. Piden pena de muerte para los motochorros, pero por otro lado quieren liberar a los que todavía guardan silencio sobre el paradero de miles de argentinos que desaparecieron.
No es admisible. Como tampoco lo es la barbaridad que dijo un senador nacional por La Rioja cuando se debatía un proyecto en contra de la trata de niños. Voy a citar textual su propuesta: “Queda exento de esta pena el progenitor que entregare a su hijo cuando mediare estado de necesidad”. Es decir, para el legislador libertario, el tráfico de niños no es un delito si los padres lo venden por necesidad. Lo peor es que lo dijo en medio de la consternación social que ha causado la desaparición aún irresuelta de Loan.
En fin, vivimos en un mundo donde parece que la línea de lo correcto, lo legítimo y lo legal cada vez se pone más borrosa. Pero si esa línea se erosiona lo suficiente, como muchos lo venimos advirtiendo, sepan que se les hará difícil seguir por el mismo camino. Las sociedades, como los ríos, siempre están peleando por volver a la naturalidad de su cauce.
Posdata. No estaba previsto para esta columna pero lo voy a destacar porque realmente lo merece: se trata del partido de rugby que jugaron en el Estadio Padre Martearena los “Infernales” de la Fundación Espartanos y el Batallón Independentista de Güemes del Ejército.
Para quienes no lo sepan, los Infernales son un equipo integrado por personas privadas de la libertad que encontraron en el deporte un espacio de contención, rehabilitación y, sobre todo, un combustible espiritual para trabajar en la reinserción social.
La iniciativa nació en Buenos Aires y la llevó al penal de Villa Las Rosas un grupo de voluntarios ligados al mundo del rugby y la solidaridad. Como me decía Sole Sosa, una de las responsables del encuentro, todo el mundo merece una segunda oportunidad, pero para saber y poder aprovecharla, hay que tener las herramientas, la contención y la fortaleza personal que no se tuvieron antes.
Frente a todo lo que pasa en nuestra Argentina, me llena de esperanzas que haya gente que todavía piense y haga cosas por el otro, que sepa que la sociedad es más que la suma de sus individuos, que empatice con el dolor ajeno y no que lo quiera esconder bajo la alfombra.
Columna emitida por FM Aries el 8 de agosto de 2024.