10 11 aimoCristian Aimo

Hay cosas que desde Buenos Aires parecen muy fáciles. Se miran números, se hacen cuentas, se dibujan gráficos y alguien termina diciendo que el camino del progreso es entregar beneficios durante treinta años para que vengan las grandes inversiones. En un escritorio todo parece cerrar. Acá no.

Acá las cosas se ven distinto. Porque la realidad no está en una planilla de Excel. Está en la esquina donde cerró un negocio. En el taller que ya no toma empleados. En el joven que termina la secundaria y sabe que, para encontrar un futuro, probablemente tenga que irse de su provincia.

Nos hablan del Súper RIGI como si fuera la única salida posible. Como si la única manera de crecer fuera abrir la puerta de par en par y decirles a las grandes empresas: "Pasen tranquilos, hagan de cuenta que están en su casa". Y cuando alguien pregunta qué gana Salta con todo eso, la respuesta siempre es la misma: inversión, desarrollo, empleo. Promesas que el norte ya escuchó demasiadas veces.

Porque si algo aprendimos es que muchas veces la riqueza sale de esta tierra, pero el bienestar toma otro camino.

Cuesta entender por qué un país que fue capaz de desarrollar tecnología nuclear, de formar científicos admirados en el mundo y de construir empresas estratégicas ahora actúa como si no pudiera administrar nada por sí mismo. Pareciera que siempre necesitamos que venga alguien de afuera a decirnos cómo hacer las cosas. Como si todo lo nuestro valiera menos.

Pero hay algo que preocupa todavía más. Mientras un comerciante de barrio paga impuestos todos los meses, mientras una pyme pelea para llegar a fin de mes y un productor hace cuentas para no fundirse, las grandes multinacionales reciben beneficios extraordinarios. Pagan menos, tienen reglas especiales y hasta quedan protegidas de futuros cambios. Es difícil explicarle eso al dueño de un almacén o a un pequeño empresario que hace años sostiene puestos de trabajo con muchísimo esfuerzo.

Y además aparece otra pregunta que duele. ¿Dónde están nuestros representantes?

¿Para qué los elegimos si, cuando llegan las discusiones importantes, terminan votando lo que les piden desde Buenos Aires? Defender a Salta no debería ser un discurso de campaña. Debería ser la razón por la que ocupan una banca.

Nos quieren convencer de que, si no aceptamos cualquier condición, las inversiones se irán a otra provincia o a otro país. Es un argumento viejo. Nos hacen competir entre nosotros para ver quién entrega más y pide menos. Al final, las provincias terminan enfrentadas mientras otros hacen el negocio.

Salta tiene una historia que debería enseñarnos otra cosa. Esta es la tierra de Güemes. Una provincia que nunca esperó que le regalaran nada. Que defendió la patria con coraje cuando parecía imposible hacerlo. No por orgullo vacío, sino porque entendía que la dignidad también forma parte de la riqueza de un pueblo.

Hoy ya no hay batallas con caballos ni con lanzas. Pero sigue existiendo otra pelea: la de decidir si nuestros recursos servirán para mejorar la vida de los salteños o solamente para engrosar balances que se escriben muy lejos de acá.

Nadie está en contra de las inversiones. Lo que muchos no aceptamos es que el precio para conseguirlas sea resignar soberanía, debilitar a las provincias y dejar afuera a quienes producen y trabajan todos los días.

El desarrollo de verdad no consiste en sacar minerales y llevarlos al puerto. El desarrollo empieza cuando esa riqueza mejora la escuela del barrio, el hospital del pueblo, las rutas, las industrias locales y el futuro de nuestros hijos.

Porque el norte no necesita que lo salven. Necesita que, de una vez por todas, dejen de entregarlo como si estuviera en liquidación.