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Después de diez días de viaje y más de un millón de kilómetros recorridos, incluido un sobrevuelo alrededor de la Luna. Una hora y varios minutos después del amerizaje en el océano Pacífico, los cuatro astronautas fueron retirados de la cápsula Orión a fin de ser trasladados para los primeros controles médicos.

El reingreso a la atmósfera terrestre puso a prueba sistemas que nunca antes fueron utilizados con tripulación en este tipo de trayectoria. Orión soportó temperaturas cercanas a los 2.700 °C y velocidades superiores a los 40.000 km/h, en una secuencia que no admitía ningún tipo de error.

El amerizaje tuvo lugar en el océano Pacífico, frente a la costa de San Diego, donde equipos de rescate esperan para recuperar a los cuatro astronautas. Ahora, se espera que en menos de dos horas la cápsula y la tripulación puedan estar a bordo del buque de recuperación.

“Estoy muy contento de la misión Artemis II, aprendimos mucho para la próxima misión Artemis III el próximo año. Hay mucho para celebrar y para trabajar para el próximo lanzamiento. Esto no se algo de una vez. Esto se va a repetir cada vez más seguido”, aseguró Jared Isaacman, administrador de la NASA.

 

Cómo fue la vuelta

El regreso de Artemis II es el tramo más peligroso de toda la misión y todo comienza antes de tocar la atmósfera. La nave se desprendió de su módulo de servicio para dejar expuesto el escudo térmico, una pieza clave ya que se trataba de la única barrera para proteger a la tripulación.

Luego, los motores de control orientaron la cápsula para iniciar el descenso con un ángulo extremadamente preciso: alrededor de -5,8° respecto del horizonte.

Ese número no es un detalle menor, sino una condición crítica. Si el vehículo entra demasiado inclinado, la fricción con el aire generará una carga térmica y estructural que podría desintegrarla. Si es demasiado bajo, puede "rebotar" sobre la atmósfera y quedar perdida en el espacio, sin capacidad de corregir su trayectoria.

Superado ese punto, comienza el reingreso. Orión se mete en la atmósfera a más de 40.000 km/h, lo que genera un fenómeno de plasma incandescente a su alrededor. En ese momento, la temperatura externa ronda los 2.700 °C y la nave queda envuelta en una especie de “bola de fuego”.

Durante varios minutos, además, se interrumpen las comunicaciones, dejando a la tripulación sin contacto con el control terrestre.

El escudo térmico ahora es el protagonista. Está compuesto por una estructura de titanio recubierta con 186 bloques de material ablativo (Avcoat), diseñados para desgastarse de forma controlada y disipar el calor.

Sin embargo, el antecedente de Artemis I, donde se detectaron desprendimientos de material, obligó a la NASA a revisar el sistema. Para esta misión, se ajustó el perfil de reingreso, optando por una trayectoria más directa que reduce el tiempo de exposición al calor, pero exige mayor precisión.

Una vez que la cápsula logra atravesar la fase más caliente y recupera comunicaciones, comienza la desaceleración. A unos 7.600 metros de altura se libera la cubierta frontal y se despliega un primer conjunto de paracaídas piloto.

Más abajo, cerca de los 2.900 metros, entran en acción los tres paracaídas principales, que reducen la velocidad de más de 500 km/h a 27 km/h antes del impacto con el agua.

El amerizaje también implica riesgos. La cápsula puede caer en distintas posiciones (vertical, invertida o lateral), por lo que cuenta con airbags inflables para estabilizarse.

“Los tres hitos principales son: ver los tres paracaídas, confirmar que la cápsula es segura para aproximarse y comprobar que la escotilla pueda abrirse”, explicó Lili Villarreal, directora de Aterrizaje y Recuperación de Artemis, en una rueda de prensa.