05 23 casalla1Mario Casalla
(Especial para Punto Uno)

Dicen que muchas cosas importantes de la historia sucedieron en la más absoluta reserva, entre dos personas a solas y dentro de los límites estrechos de un cuarto. La célebre “Entrevista de Guayaquil” (entre San Martín y Bolívar) es un ejemplo muy concreto de ello y lo que allí se conversó sigue siendo todavía hoy un misterio, aunque con varias versiones históricas y literarias.

Quisiera hablar ahora de una más cercana en el tiempo y en el espacio. Quizás sea la entrevista presidencial que más ríos de tinta haya hecho correr en la Argentina del siglo pasado.

Fue el 18 de agosto de 1961 y sus principales protagonistas: Arturo Frondizi, presidente de la Nación desde hacía tres años, y el Che Guevara, a la sazón ministro de Industria de Cuba y participante estrella en la reunión del CIES/OEA en Punta del Este, Uruguay. Reunión que terminaría con dos resoluciones que también harán historia: la aprobación de la “Alianza para el Progreso” (impulsada por el presidente Kennedy de los EEUU) y la expulsión de Cuba del seno de la OEA.

La misteriosa entrevista duró aproximadamente una hora y media y fue sin testigos, de manera que nadie sabe a ciencia cierta cómo y de qué hablaron allí adentro Frondizi y el Che. Las especulaciones, trascendidos y declaraciones posteriores acerca de lo sucedido nos llevarían por otro río de tinta, no menos profundo que el de su gestación. De ésta última sí se conocen más pormenores y detalles.

El gestor fue el entonces diputado nacional por la UCRI Julio Carretoni, participante argentino en aquella reunión de la OEA y adversario político de Rogelio Frigerio en el entorno presidencial de Frondizi. Carretoni se acercó al Che por mediación del común amigo Ricardo Rojo y –a partir de una media aprobación- realizó varios viajes a Buenos Aires, habló en secreto con Frondizi, le garantizó al Che un razonable dispositivo de seguridad y el mediodía del 18 de agosto de 1961, aterrizó en el aeropuerto de Don Torcuato en una pequeña avioneta Piper alquilada en 20.000 dólares y sin dar más detalles a nadie. Eran tres pasajeros y uno de ellos miraba desde el aire una ciudad que ya conocía.

 

05 23 casalla2Primer paso, contacto en Punta del Este

Julio Carretoni era en 1961 diputado nacional por la UCRI, engominado y pintón como correspondía a la época. Persona de confianza del presidente Frondizi y –dentro del propio círculo presidencial- activo adversario de Rogelio Frigerio. Se concebía a sí mismo como un radical progresista (en la línea intransigente de Moisés Lebensohn) y ubicaba al poderoso Frigerio en la línea más conservadora y tecnócrata del partido (un “desarrollista”). Por eso no dudó y utilizó una vía directa para llegar al Che: su común amistad con Ricardo Rojo. Este se lo presentó en el lobby del hotel donde se alojaba la delegación cubana y ya frente a él, por las dudas, reforzó diciendo que era también amigo de Valdovinos, otro amigo de la infancia del Che.

Tras eso, Carretoni dijo que el presidente Frondizi estaría gustoso de encontrarse con él en Buenos Aires. Al parecer el Che no puso reparos y la cosa quedó flotando, en una suerte de media autorización para seguir trabajando alguna posible reunión. Pero, ¿quién impulsaba a Carretoni? ¿era una iniciativa propia que luego presentaría (invertida) a Frondizi, causando la bronca del caso a Rogelio Frigerio? ¿o bien Frondizi, reservadamente, le había encomendado ese tanteo? Aquí el caudal desborda y hay tinta para los dos lados. Pero, no naufraguemos.

 

Segundo paso, mueve Frondizi

Bien temprano Carretoni recibe una llamada desde Buenos Aires, en la que un mensajero le dice que el presidente lo autorizaba a traer “al hombre” a Buenos Aires. Esa misma noche y luego de otra jornada agotadora en la conferencia de la OEA, el Che recibe a Carretoni en el hotel y –ante el avance de las gestiones- le preguntó por el método que utilizarían para entrar y salir de Argentina y la fecha posible de la entrevista. Dicen también que –de paso y ante un elogio de Carretoni a la figura presidencial- el Che le deslizó que Frondizi al parecer ya no era el mismo del libro “Petróleo y Política”. Pero Carretoni -esquivando la estocada- salió contento para tramitar la visa del Che en la Embajada Argentina en Uruguay.

Además el hombre era resuelto, tenía contactos y evidentemente estaba apoyado bien desde arriba: la visa del Che se la extendió el consejero Rodolfo Recondo, sin conocimiento al parecer del embajador y ni del propio Canciller. Además –en el medio- Carretoni hizo tres o cuatro viajes a Buenos Aires para evitar utilizar el teléfono. En una de esas vueltas, regresó a Montevideo con los veinte mil dólares que le costaría el alquiler de la avioneta Piper (matrícula 439 CX-AK P) en que viajarían a Buenos Aires.

 

Tercer paso, en vuelo sobre el Río de la Plata

Eran las 6 de la mañana y el Che se presentó en el aeropuerto donde ya lo esperaba Carretoni, pero el viaje casi no se hace. Cuarenta años después Carretoni le contaría a Pacho O’ Donnel –cuando éste lo entrevistó para su libro sobre el Che-: “'Mi instrucción establecía que Guevara debía viajar solo, por lo que al pie de la escalerilla le extiendo la mano para despedirme y le dice ¿Usted no viaja? -me pregunta el Che. No, respondió Carretoni, ésas son mis instrucciones. Entonces yo tampoco viajo, dijo cortante el Che y dando media vuelta se alejó”.

A Carretoni no le quedó otra que subir al avión y así fue. Se ajustó muy bien a su nuevo papel ya que, en esa misma entrevista, le contó a O’ Donnel: “Descendí primero en Buenos Aires y aconsejé al Che permanecer en el avión hasta que yo le hiciera señas de que estaba todo bien”. Abajo el jefe de la custodia presidencial que lo recibió también demostró rapidez: le hizo la venia y se puso a sus órdenes. Sin embargo, Carretoni agrega: “Nunca olvidaré que al capitán de fragata Fernando García, de la sorpresa, se le cayeron los blancos e inmaculados guantes sobre la pista”.

 

Coronación, el Che ingresa en Olivos

Coinciden en que entraron al mediodía y que la entrevista terminó alrededor de la una y media. El vuelo había durado unos 45 minutos y aterrizó en el aeródromo de Don Torcuato.

Cuentan que el Che durmió tranquilamente sobre el hombro de Ramón Aja Castro, el director para Asuntos Latinoamericanos de la cancillería cubana. Cuando el Che entró a entrevistarse a solas con Frondizi, Aja Castro lo esperó en la antesala acompañado del asesor presidencial Valotta. Adentro solo tomaron un té y un café. Pero cuando salió, el Che no vaciló en aceptar un churrasco “a caballo” con ensalada y fruta que la dueña de casa (Elena Faggionato, esposa de Frondizi) les ofreció inesperadamente a los tres.

Al parecer la comida fue rápida y hacia el fin Aja Castro y el Che saludaron a Valoira, lo siguieron al todavía asombrado capitán García y salieron en auto por la puerta de la quinta presidencial que da a la calle Malaver.

Antes de subir al avión de regreso, el Che se dio un gusto más: visitó a unos tíos que vivían camino del aeropuerto, en la calle Gelly y Obes. Para adentró acaso recordó que desde allí tomaba a veces el colectivo para ir a jugar al rugby en el SIC.

Qué pasó efectivamente adentro, sigue siendo conjetural. Apenas 6 años después, el Che moría en la Quebrada de la Horqueta, Bolivia, donde había llegado en secreto para alentar un levantamiento político en ese país gobernado por una dictadura militar. Tenía tan sólo 39 años y poco antes de ser apresado mandó por un compañero que volvía antes a Cuba un mensaje: “Decile a Fidel que pronto verá una revolución triunfante en América", mientras que el aviso para su familia era: "Decile a mi señora que se case otra vez y que trate de ser feliz”.

Se sabe perfectamente que la CIA supervisó el operativo en que el Che fue entregado por el PC boliviano, entonces firmemente alineado con la ortodoxia soviética. Ante el oficial que lo ejecutó en la escuela de La Higuera y que tenía aprensión de ejecutar esa orden a sangre fría, tuvo el valor de animarlo diciéndole: “¡Póngase sereno y apunte bien! ¡Va a matar a un hombre!”.